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“Que la semilla de Dios produzca abundantes frutos en nosotros”, Monseñor Ulloa.

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Este domingo, Día del Señor, el Arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa Mendieta, invitó a la población a reflexionar sobre dos puntos íntimamente relacionados entre sí: la riqueza de la Palabra de Dios (la semilla) y las diversas posturas de vida del oyente ante la palabra recibida (la parábola). 

Y es que el Evangelio de hoy, el Señor Jesús utiliza la imagen de la semilla plantada en diferentes tipos de suelo para enseñar a sus oyentes sobre lo fructífera que es la Palabra de Dios. “Cada semilla tiene el mismo potencial de crecimiento; lo que determina la abundancia de la cosecha es el tipo de suelo”, explicó el Arzobispo. 

Dijo a los televidentes de todo el país, que el profeta Isaías parece decir lo mismo: al igual que la semilla, la Palabra de Dios siempre es fructífera, no regresará sin resultado-

Al parecer –indicó- nuestra respuesta humana la que determina la cosecha y que posiblemente esto explica por qué hay personas que parecen dar más fruto espiritual que otras. 

Convencido subrayó que la parábola del sembrador es una invitación a la esperanza, y que la siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. 

“A pesar de todos los obstáculos y dificultades, y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos”, aseguró; “por lo que no hemos de perder la confianza a causa de la aparente impotencia del reino de Dios”.

Monseñor Ulloa, con firmeza, señaló que el evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir; el evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.

“La Iglesia que peregrina en Panamá se siente bendecida por toda la fecundidad que el Señor nos ha prodigado, a través de los sinnúmeros de vocaciones en la vida sacerdotal, religiosa y laical, en nuestro pequeño territorio”, expresó el Arzobispo, para seguidamente comentar que ha sido la semilla buena nueva de Dios ha encontrado en este pueblo tierra buena para dar frutos abundantes.

También se refirió a los diversos dones y carismas que enriquecen y fortalecen a la Iglesia, en las últimas tres décadas, puestos al servicio de la evangelización, gracias a los miles de agentes de pastoral y voluntarios, quienes tienen muy claro cuál es su rol, en medio de la pandemia.

Destacó el servicio de los auditores sociales de la Iglesia en todo el país, pues es un aporte importante donde jóvenes están pendientes y supervisando el programa Panamá Solidario, inclusive con sus propios recursos, entran en los barrios y trepan por los caminos montañosos, con el único propósito de observar la entrega de bonos y bolsas de comida para los más necesitados.

Reconoció el nivel de compromiso de los auditores sociales que arriesgan su vida y seguridad para servir al que está necesitando ayuda, lo hacen evitando que este aporte que surge de las arcas nacionales no se desvíe con propósitos oscuros y malintencionados”, manifestó.

“Ustedes, hijos amados, están colaborando con la construcción del Reino de Dios, además de agradecerles por este servicio, les bendigo para que el Dios de la vida y la justicia los acompañe y proteja”, acotó. 

 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla del Seminario Mayor San José.

Domingo XV Tiempo Ordinario Ciclo A

Seminario Mayor San José

En este domingo los invito a reflexionar sobre dos puntos, íntimamente relacionados entre sí: la riqueza de la Palabra de Dios que proclamamos (la semilla), y las diversas posturas de vida del oyente ante la palabra recibida (los distintos terrenos de la parábola). 

En el Evangelio de hoy, el Señor Jesús utiliza la imagen de la semilla plantada en diferentes tipos de suelo para enseñar a sus oyentes sobre lo fructífera que es la Palabra de Dios (Mateo 13, 1-23).

Cada semilla tiene el mismo potencial de crecimiento; lo que determina la abundancia de la cosecha es el tipo de suelo.

El profeta Isaías parece decir lo mismo: al igual que la semilla, la Palabra de Dios siempre es fructífera, no regresará sin resultado. Así que parece que es nuestra respuesta humana la que determina la cosecha.

Posiblemente esto explica por qué hay personas que parecen dar más fruto espiritual que otras.

En el Antiguo Testamento se narra el relato del rey Saúl y de David que nos ofrece un cuadro dramático de este principio (1 Samuel 9—2 Samuel 12).

Saúl fue elegido por Dios para gobernar a Israel, pero debido a su temor y egoísmo, desobedeció al Señor; de modo que su reinado no logró el propósito de Dios ni dio un fruto duradero. Como resultado, Dios escogió a otra persona para reemplazar a Saúl, un hombre según su corazón: David, el pastor.

Por su parte, David hizo lo que Dios le mandó. Luchó contra los enemigos de Israel, rescató el Arca de la Alianza de los filisteos, e incluso danzó alegremente delante el Señor para que todos lo vieran.

Todos sabemos que David no era perfecto. Cometió adulterio y se dejó atrapar en una red de decepción y asesinato. Pero también se arrepintió (Salmo 51 (50)).

A pesar de sus graves pecados, la humildad de David permitió que Dios continuara usándolo. David no produjo fruto para el Señor por ser perfecto; sino porque amaba a Dios y procuró seguirlo con todo su corazón.

La historia de David y Saúl demuestra que Dios puede trabajar con personas imperfectas, eso sí que sean humildes, dedicadas y dispuestas a hacer su voluntad.

A través de pecadores arrepentidos como David, o como nosotros, la semilla de la Palabra de Dios no regresa vacía, puede dar mucho fruto.

Por eso la parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. La siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible.

A pesar de todos los obstáculos y dificultades, y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos.

No hemos de perder la confianza a causa de la aparente impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios» está en decadencia y que el evangelio es algo insignificante y sin futuro.

Y sin embargo no es así. El evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir.

El evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.

Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que solo tenemos ojos para ver el mal. Y ya no sabemos adivinar esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más desalentadoras.

Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos sorprendería encontrar tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero. Hay violencia y sangre en el mundo, pero crece en muchos el anhelo de una verdadera paz.

Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero son bastantes los que descubren el gozo de una vida sencilla y compartida. La indiferencia parece haber apagado la religión, pero en no pocas personas se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria.

La energía transformadora del evangelio está ahí trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo.

Estemos convencidos que la siembra de Jesús no termina en fracaso. Lo que se nos pide es acoger la semilla.

¿No descubrimos en nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transformar nuestra vida, a tejer relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios?

El problema no es la semilla sino la tierra, por eso Jesús observa los diversos terrenos donde solía caer la semilla: al borde del camino, el terreno pedregoso, entre zarzas, en tierra buena. Él mismo indica el significado de cada uno de estos terrenos y por qué la semilla se malogra en ellos o da fruto abundante.

Dios envío Su Palabra para que ella caiga en nosotros y produzca muchos frutos.

Por eso tengamos mucho cuidado, que, por falta de profundidad, por falta de dedicarnos con seriedad a su escucha y vivencia, la Palabra se pierda.

Cuantos años escuchando la Palabra de Dios y porque no nos convertimos a ella.

Por eso permitamos que la Palabra que cada día se siembra en nosotros crezca, fecunde y podamos saborear sus frutos.

Que al estilo de María y ayudados por el Espíritu Santo: encarnemos la Palabra de Dios en nuestras propias entrañas, y así podamos dar el fruto de una vida coherente.

Y esto sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida.

Tengamos siempre presente que ni Jesús ni la Iglesia predica y anuncia la gracia solo a los buenos.  La gracia es para todos, porque a diferencia de la semilla real, el Evangelio tiene poder de transformar el terreno empedernido, pedregoso o espinoso en tierra buena que dé fruto. 

Por eso vigilemos y perseveremos para dar fruto abundante en el Reino de Dios.

La Iglesia que peregrina en Panamá se siente bendecida por toda la fecundidad que el Señor nos ha prodigado, a través de los sinnúmeros de vocaciones en la vida sacerdotal, religiosa y laical, en nuestro pequeño territorio, donde la semilla buena nueva de Dios ha encontrado en este pueblo tierra buena para dar frutos abundantes.

Los diversos dones y carismas que enriquecen y fortalecen a la Iglesia, en las últimas tres décadas, han sido puestos al servicio de la evangelización, gracias a los miles de agentes de pastoral y voluntarios, quienes tienen muy claro cuál es su rol, en medio de la pandemia para que este tiempo sea para reflexionar sobre la esencialidad de nuestras vidas, y la solidaridad que desde nuestro ser cristianos estamos llamado a realizar en medio de la crisis sanitaria que nos afecta a todos.

Una realidad dolorosa

En las actuales circunstancias, no podemos perder la esperanza, pero tampoco podemos bajar la guardia ante este flagelo que está acabando con la vida de muchos hermanos y hermanas.

El coronavirus está matando, está aquí, no lo podemos ignorar, no lo podemos desafiar, porque estamos expuestos a contagiarnos, si no nos comprometemos a cumplir las medidas de seguridad. Hoy cada uno está llamado a ser el amigo, vecino, papá, mamá vigilante si vemos a nuestro ser querido relajado en el cumplimiento de estas normas que pueden salvar la vida de alguien muy cercano.

Oportunidad para recuperar la esencialidad

Lo más preocupante es el ambiente de aparente divergencia entre todos nosotros, donde parece que cada uno estamos pensando solo en nosotros mismos y en nuestros intereses. Esta actitud paraliza la barca donde estamos todos y debemos remar juntos en la misma dirección.

Ahora debemos enfocarnos en repensar cómo debemos enfrentar los efectos de la pandemia, que está dejando a miles de personas desempleadas, con una economía endeble.

Llegó la hora de ponderar la esencialidad, que nos está enseñando esta pandemia y unirnos por encima de nuestros intereses personales, partidistas, económicas o religiosas.

No hay cabida para la indiferencia y el individualismo. Esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren o están excluidos del desarrollo.

El Papa Francisco señala que: “Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro».

Y agregó: «Todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad».

La iglesia católica siempre está disponible para colaborar en la búsqueda del bien común, promoviendo valores éticos y espirituales, llevando una luz de esperanza especialmente a los más necesitados, que se han incrementado en esta pandemia.

Auditores sociales de la Iglesia

Un aporte importante que realiza la Iglesia Católica es la auditoria social, donde jóvenes están pendientes y supervisando el programa Panamá Solidario. Con sus propios recursos, entran en los barrios y trepan por los caminos montañosos, con el único propósito de observar la entrega de bonos y bolsas de comida para los más necesitados.

Estos auditores sociales han hecho vida las palabras de Jesús que nos invita a ser “tierra buena” para la semilla de su Palabra, que nos revela las claves de la convivencia ciudadana en tres actitudes básicas: gratuidad, solidaridad y subsidiaridad.

La gratuidad en la sociedad no es un complemento, sino un requisito necesario para la justicia, nos ha dicho el Papa, mientras que la solidaridad, según los criterios de Jesús, impone que nadie quede excluido. La esperanza de un futuro mejor pasa por ofrecer oportunidades reales a los ciudadanos, y con la humildad del profeta, los auditores sociales están intentando hacer la tarea.

La subsidiaridad no es otra cosa que el respeto al otro. «Al reconocer lo bueno que hay en los demás, incluso con sus limitaciones, vemos la riqueza que entraña la diversidad y el valor de la complementariedad. Los hombres, los grupos tienen derecho a recorrer su camino, aunque esto a veces suponga cometer errores».

Ustedes, mis queridos hermanos y hermanas, auditores sociales que arriesgan su vida y seguridad para servir al que está necesitando ayuda, lo hacen evitando que este aporte que surge de las arcas nacionales no se desvíe con propósitos oscuros y malintencionados; ustedes, hijos amados, están colaborando con la construcción del Reino de Dios. Gracias por este servicio y les bendigo para que el Dios de la vida y la justicia los acompañe y proteja.

 

  PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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