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¿Qué vale más: aprender o una nota?

En la homilía de Pascua, el Arzobispo hizo señalamientos bien puntuales que nos deberán llevar a la reflexión sobre el rol que ejercemos en la sociedad, como padres y maestros.

Montgomery A. Johnson Mirones, OCDS

El Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, nos dijo: “¡Qué pena que las nuevas generaciones sólo estén siendo educadas para una vida eventual!” Algunos atribuyeron este comentario a la supuesta generación que llaman “de cristal”.

En artículos anteriores hemos compartido que a los niños se les permite caerse metafóricamente. Lo que no está permitido es no aprender de esa caída, para evitar lo que generó esa caída. Pero a veces, como adultos, dejamos que la caída sea en vano, porque el niño se levanta, pero sin aprender.

En términos educativos podemos pensar que esa “vida eventual” que mencionó Monseñor Ulloa, es cuando como maestros fallamos en enseñar a aprender, y solo nos vamos por la parte conceptual y memorística superficial.

El estudiante piensa que lo único importante es memorizar cosas, sin encontrar el sentido de aplicación en la vida. Como padres a veces se piensa que, y se obliga que el niño solo puede ganar 5.0, y se comete el terrible error de decir pasivo agresivamente “no espero menos de 5.0 en ese ejercicio porque estudié contigo.” No solo estaremos criando un niño con terror al fracaso, sino que además se le está generando una ansiedad en la que tendrá una animadversión a la escuela. El niño crecerá, incluso con temor de traer una nota menor, y eso lleva a otros a esconder o mentir, o hasta enfermarse por la presión que ejercen los papás. También genera confusión, porque el padre está asumiendo rol de maestro, ¿a quién le creerá más el niño?

Escuela y sociedad
  • REALIDAD. Vivimos en una sociedad donde todos quieren tener la razón. Se carece de la humildad necesaria para opinar de forma asertiva y respetuosa.
  • CAMBIO. Educación para la vida será saber cómo disentir sin irrespetar, opinar con conocimiento bien fundado. Acoger una corrección o crítica dada de buena fe.
  • CONSEJO. La escuela es un laboratorio donde aprendemos a triunfar y fracasar de forma decorosa. No se trata jamás de enseñar a la fuerza, y menos de forma arbitraria.

¿Qué vale más: aprender o una nota? ¿Vale más un 5.0 por satisfacer mi propio orgullo de adulto, o un 4.5 bien ganado con esfuerzo y dedicación propia? Reconozcamos que algunas veces se comete el error de reclamar sin fundamento. ¿Cuál debería ser la lección? Hijo (a), si estudiaste a conciencia, hiciste tu mejor esfuerzo, tu nota es bien ganada, pero siempre podrás hacer mejor. Señores, en la vida no siempre se puede ganar A de 100.

Exigir, hasta con amenaza al niño, una nota máxima; incluso transfiriendo la culpa al educador por la “baja” nota es semejante a la parábola del rico insensato, (Lucas 12). Acumulo notas, pero cuando me piden aplicar conocimientos, no los sé usar. Más adelante tendrá 0 tolerancia al fracaso, no sé manejar la decepción y tampoco sé cómo reconocer mi responsabilidad, vivirá culpando a otros.

Educando para la vida eterna, sería incentivar esa hambre de aprender de los niños. Que los maestros con emoción y devoción se inspiren a motivar a los estudiantes a aprender, ir más allá del libro. No hagamos pleito al maestro porque “no gané” buena nota; sino que, junto al maestro se enseñe a adquirir compromisos y asumir mi cuota de responsabilidad, se busque cómo corregir de forma justa.

CUIDADO. A veces los papás ejercen demasiada presión sobre los jovencitos.

La verdadera educación está en formar para la vida. La escuela es un laboratorio donde aprendemos a triunfar y fracasar de forma decorosa. Los papás o maestros que mal acostumbraron a los chicos a solo velar por una nota, pasajera, y que la escuela es solo una competencia, sin valores, donde solo se puede “ganar”, pasarán páramo en la vida “real”. Esta no los tratará con la delicadeza que creen merecer gratuitamente.

No se trata jamás de enseñar a la fuerza, y menos de forma arbitraria y pedante, sino siempre inspirados por la disciplina del amor y la alegría, así como exponía Don Bosco y otros santos de la educación.

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