Clero

Rencores que carcomen el alma

La palabra hiriente, una promesa incumplida, un golpe bajo, una mentira despiadada… Alguien hirió nuestro corazón, traicionó nuestra confianza, nos clavó una calumnia por la espalda. O cometió un error muy grave, que le dañó a él, a la familia, a los amigos, a los compañeros de trabajo…

En nuestro interior surge muchas veces, en situaciones parecidas, un rencor profundo que carcome el alma. Quizá al inicio guardamos silencio, aguantamos estoicamente. Pero el rencor seguía allí, agazapado, como un león dispuesto a saltar al ataque en cualquier momento.

Cuando llega la ocasión, cuando después de meses o de años se produce un roce, un conflicto, una nueva tensión, sale a flote lo que tenemos dentro. Lanzamos con rabia una flecha venenosa contra esa persona, le recordamos su malicia, sus errores del pasado. La humillamos con la etiqueta de eso que ocurrió hace ya más o menos tiempo y que ahora ponemos de nuevo ante la mesa, como un reproche cargado, muchas veces, de pasión y de rabia.

Guardar dentro del alma un rencor durante tanto tiempo nos daña, nos destruye, nos aparta del camino del bien y del amor sincero.

Todos podemos cometer (y cometemos) errores o pecados más o menos graves. Pero no tiene sentido conservar un fichero de recuerdos de lo malo para usarlo en la primera ocasión como arma de venganza o como ataque para herir al que quizá ya ha expiado las culpas del pasado.

No podemos vivir hundidos en el mundo del odio, de la envidia, de los malos deseos. Porque no nacimos para condenar a nuestro hermano, sino para acogerlo y levantarlo tras su caída. Porque también nosotros somos pecadores y tenemos muchos motivos para pedir y esperar el perdón ajeno. Porque un rencor albergado en la propia conciencia nos empequeñece y nos arruina poco a poco, al apartarnos de los caminos del amor y de la misericordia.

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