Variedad

Rompieron las cadenas de una de las peores esclavitudes

“Una de tantas noches mientras trabajaba en la avenida Cuba, Dios envió al señor de la bicicleta. Me dio una tarjetica con su número de teléfono y me dijo que si tomaba la decisión de dejar esa vida, siempre estaría allí esperándome en el Centro San Juan Pablo II”; así lo relató Melisa, nombre ficticio por razones de seguridad.

Melisa sufrió, en plena pubertad el abandono de su madre, quien se fue dejándole con su papá alcohólico y una hermana mayor, a quien se suponía su mamá le había dado la responsabilidad de cuidarle, pero termina huyendo de esa realidad, escapando con un hombre.

“Quedé completamente sola, sin el consuelo o apoyo de algún familiar. Una señora que vivía en la misma barraca me dijo que antes de estar acostándome con hombres de gratis, me llevaría a un lugar donde no iba pasar ni hambre, ni páramo” afirmó Melissa.

“La primera vez fue espantoso, el dolor de acostarte con un hombre que no conoces, que no desees me produjo mucho asco, me sentía sucia” Melisa fue presionada para consumir  droga, fumósolo marihuana porque según ella le relajaba.

“Los clientes ofrecen más dinero si consumía, me pagaban 200 o 300 dólares si me quedaba

con ellos toda la noche. Les hacía creer que respiraba la cocaína, pero no lo hice, así como también evité tener relaciones sin preservativos” manifestó.

Oportunidad

Hoy Melisa manifiesta que cada mañana Dios tiene el control de su vida, pide fuerzas para quedar bien con Él y con todas la personas del Centro San Juan Pablo II. Ariel López, director del Centro, el mismo Señor de la bicicleta le ha facilitado el apoyo para rehabilitarse, para dejar las calles, le dona comida y hasta le ayudó a conseguir un empleo digno, con el cual mantiene a uno de sus hijos.

López explica que la drogodependencia comienza junto con el inicio de la prostitución, y que posteriormente el dinero que ganan les sirve principalmente para consumir. “Si les ayudamos a desintoxicarse estas mujeres refieren una mayor voluntad para compartir con sus hijos, mejorar  de reconstruir sus vidas” aseguró.

Otra señora a quien llamaremos Anais, se prostituyó por más de tres décadas. Hoy con 52 años de edad exhorta a las sexoservidoras para que dejen esa mala vida.

“Al final, todas sentimos culpa y vergüenza por el camino tomado. Comencé de 15 años, mi casa no era el mejor ambiente para estar; mi mamá vivía con mi padrastro pasando mucha hambre, en una pobreza extrema. No tenía cómo comprarme unos zapatos para ir a la escuela; un día quedé descalza en plena Vía España mientras caminaba con unas compañeritas” recordó con dolor.

Anais se prostituía de lunes a lunes, consumía cocaína y vivía rodeada de riñas y escándalos callejeros. Hoy, gracias al apoyo recibido sigue adelante en su proceso de rehabilitación, asiste a las charlas y ve cada día que sí es posible ser útil, sin necesidad de perder su dignidad como hija de Dios.

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