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Santidad: don y libre respuesta

El Espíritu Santo derrama la santidad de Dios sobre nosotros. Es una gracia, un don y una vocación porque el Padre nos llama a cada uno a ser santos. Y para caminar sobre la santidad, es necesario ser libres: la libertad de ir mirando hacia la luz, de ir hacia adelante.

Cuando regresamos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos esa libertad.

En los momentos de prueba, nosotros siempre tenemos la tentación de mirar hacia atrás, de mirar los esquemas del mundo, los esquemas que teníamos antes de iniciar el camino de la salvación: sin libertad. Y sin libertad no se puede ser santos.

La medida de la santidad es dada por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, porque en el fondo es preciso dejarme amar por Dios para que Él opere en mí, con su amor me va transformando.

El “poder” de hacernos santos no está en nuestras manos, pero sí hay algo que sí viene de nosotros y es ese deseo por la santidad. Ese deseo es la única manera de unirme a Dios.

También para acoger la santidad, es necesario misericordia. Y para que la misericordia actúe no podemos conformarnos con el hecho de ser pecadores. El mal no puede ni debe ser la palabra definitiva de nuestras vidas.

La santidad consiste en medio de mis debilidades a no renunciar. Dios perdona, borra, olvida y transforma precisamente esa transformación se llama santidad. Algunos consejos para vivir la santidad:

1. Ante la ansiedad: soportar con paciencia

y mansedumbre.

2. Ante la tristeza: alegría y sentido del

humor.

3. Enseñar a rezar, amar y servir: virtudes

aprendidas y ejercidas en la Comunidad.

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