Espiritualidad

Saber llorar con los demás, esto es santidad

El mundo ignora que también hay lágrimas de emoción, de amor. Nadie es tan feliz que nunca se encuentre en su vida, con el sufrimiento y el dolor.

P. Miguel Ángel Keller

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados» El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz (Francisco, Gocen y alégrense GE 75)

Basta leer los Evangelios para comprobar que Jesús de Nazaret no buscaba prioritariamente a los buenos, a los que estaban siempre en el Templo, ni a los poderosos, ni a los socialmente importantes. Él siempre estaba cercano a los pobres y a los que sufrían, sin importarle su condición moral o social. Era la forma de manifestar el amor y la misericordia de un Dios que es realmente padre y que tiene incluso corazón de madre, como se presenta en la mal llamada “parábola del hijo pródigo” (Lc 15), que más bien se debe denominar la parábola del padre bueno y misericordioso, capaz de ternura maternal con el mal hijo, que no es el protagonista de la parábola sino el mismo padre-Dios.

 Sufrir, llorar, es propio de la condición humana, por más que nos disguste. Alguien dijo que de hecho todos nacemos y morimos llorando. “El mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de dolor en la familia o a su alrededor. El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas”, nos dice Francisco. Ignora además que también hay lágrimas de emoción, de amor, de alegría. Pero nadie es tan feliz que nunca se encuentre en su vida, y de muchas formas, con el sufrimiento y el dolor.

La verdadera felicidad no es no sufrir, sino sufrir por algo o por alguien que vale la pena y que uno ama. Lo saben muy bien las madres, los profesionales enamorados de su profesión, los que no temen al sacrificio con tal de construir una familia o conseguir una meta en la vida. Los mártires son por supuesto los principales testigos de entender así el sentido de la existencia humana, por no citar a los numerosísimos investigadores científicos, servidores sociales, médicos y enfermeros/as, capaces de dar lo mejor de sí mismos y arriesgar su salud y su vida para atender, consolar y curar a las víctimas de la pandemia del coronavirus.

Dios es amor, el amor es el mandamiento de Jesús y el sentido de la vida y la santidad cristiana. Pero el auténtico amor, humano y cristiano, es siempre capaz de sufrir por la persona o el ideal amado. En realidad, dice san Agustín, a quien ama no le importa sufrir, es capaz de aceptar y hasta amar el sufrimiento. Es la mística de la cruz, inseparable de la fe, la vida y la santidad cristianas.  Llevar la cruz con y por amor como Jesús, aunque caigamos a veces bajo su peso. Y ayudar al hermano a llevar su cruz, como Simón Cireneo.

La verdadera felicidad no es no sufrir, sino sufrir por algo o por alguien que vale la pena y que uno ama.

“La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: «Llorad con los que lloran» (Rm 12,15)” (EG 76).

Dolor y llanto sí, pero desde el amor. Tristeza o preocupación sí, pero depresión y desesperación no. Tranquilidad y bienestar sí, pero nunca a costa de hacer sufrir a los demás o de no consolarles y ayudarles. Ante el crucificado, meditando en su pasión, es bueno pensar en el dolor, en el consuelo y en la esperanza. El amor a Jesucristo, muerto y resucitado, nos mueve a permanecer alegres en el sufrimiento diario. Dios ha hecho suyo el dolor del mundo, quien sufre no está solo: Dios sufre con él y en él.

Por eso el cristiano asume la realidad de la vida, con sus gozos y lágrimas, lucha para suprimir el sufrimiento y consolar al que sufre, espera el día en que el Señor “enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Apoc21,4).

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