Espiritualidad

Santidad y culto a dios

MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA

“La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Son pocas palabras, sencillas, pero prácticas y válidas para todos, porque el cristianismo es principalmente para ser practicado, y si es también objeto de reflexión, eso solo es válido cuando nos ayuda a vivir el Evangelio en la vida cotidiana. Recomiendo vivamente releer con frecuencia estos grandes textos bíblicos, recordarlos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Nos harán bien, nos harán genuinamente felices”. (Francisco, Gocen y alégrense, GE 109).

Ser cristiano, pues, es “vivir el Evangelio en la vida cotidiana”, es práctica, vida, acción. Y por eso es preciso volver a recalcar la importancia de que la oración vaya acompañada de obras, y especialmente de obras de misericordia. “Podríamos pensar que damos gloria a Dios solo con el culto y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas ―es verdad que el primado es la relación con Dios―, y olvidamos que el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás. La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos” (GE 104).

Todos los creyentes, de todas las religiones, se caracterizan por aceptar unas verdades o dogmas, guardar unas normas de conducta o mandamientos, y practicar ciertos actos de culto y oración o ritos. Elementos que revisten más o menos importancia según las diversas tradiciones religiosas, que insisten de manera especial bien sea en la oración, o en las leyes y mandamientos, o en la doctrina a creer. ¿Y los cristianos? Pues no son simplemente “religiosos” sino seguidores de Jesucristo.

Y Jesús el Señor, en línea con los profetas de Israel y frente a la falsa religiosidad de escribas y fariseos, criticó siempre el legalismo (cumplir la ley por encima de todo, hasta de las personas) y la falsa piedad de multiplicar las oraciones al mismo tiempo que no se practica la justicia y la fraternidad. El único mandamiento del amor, al Padre Dios y a todos los hermanos con preferencia a los pobres y los que sufren, es la “ley de Cristo”. Por eso, la fe  se expresa y alimenta en la oración, pero también necesaria e inseparablemente se celebra en los actos de culto y se practica realmente en la vida por la caridad y las obras de misericordia. 

Así pues, “el mejor modo de discernir si nuestro camino de oración es auténtico será mirar en qué medida nuestra vida se va transformando a la luz de la misericordia. Porque «la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos». Ella «es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (GE 105).

Ya Santo Tomás de Aquino afirmaba que lo más importante “son las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto: «No adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores por él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo»” (GE 106).

Frente a quien cree que basta rezar o quien se deja arrastrar por el consumismo hedonista, “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia. Es lo que había comprendido muy bien Santa Teresa de Calcuta: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. 

Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás»” (GE 107). Este es el culto que Dios quiere, la santidad cristiana fruto de la acción del Espíritu Santo.

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