La voz del pastor

Seamos capaces de dar la vida por las ovejas

Monseñor Pedro Hernández Cantarero – Obispo del Vicariato de Darién

Ante esta realidad, debemos tomar conciencia de la figura del Buen Pastor, sobre todo, en estos tiempos en que la comunidad cristiana católica se ve privada de la presencia física en la participación de la Eucaristía, con la comunión frecuente, que no se puede realizar, sino de forma espiritual. 

Son muchos los países que reclaman a los pastores la presencia sacramental de Cristo Eucaristía. Y se sienten agobiados y faltos de esa presencia del buen Pastor. Pero los tiempos apremian a mantenerse en casa y evitar las aglomeraciones. Esto no quita el que podamos reflexionar sobre la figura de Cristo, Buen Pastor. 

Cuando el Señor nos dice Yo soy el Pastor, lo dice a aquellos fariseos ciegos, que se tenían por guías del pueblo, queriendo iluminar su ceguera, haciéndoles ver la torpeza de su mentalidad y de las obligaciones que imponen a los demás. 

Jesús se proclama como el Pastor que conduce hacia la libertad, por ser el Hijo que ha venido a liberar a sus hermanos del dominio de las tinieblas y de la muerte. 

En nuestra mentalidad moderna del hombre-oveja que sigue al Pastor, no es bien recibida. A diferencia del animal, programado por el instinto, el hombre es libre. Al no estar constreñido por sus propias necesidades, el móvil de su quehacer es el deseo de lo que estima más conveniente para sí. Por su naturaleza, el hombre es cultura, abierto a un camino y a un progreso creciente. 

Hoy, gracias a la penetración incisiva de los medios de comunicación masiva, este mecanismo día a día más lubricado y eficiente, deja espacio cada vez más limitados a la libertad. Nuestros modelos culturales, personificado y encarnados en individuos concretos, son los pastores, los jefes que seguimos. La dinámica social impone el modelo como patrón al que se debe seguir y alcanzar, eventualmente superar, en un crescendo de competencia y rivalidad, primero con los otros individuos y luego con el jefe mismo. 

La ley es dictada por el más fuerte, que se impone gracias a su poder de neutralizar o anular a quien se atreva a oponerse a sus designios, lo que nos convierte a todos en súbditos del modelo pastor vigente, que en cada momento es aquel capaz de ejercer mayor violencia. Quien se declara en rebeldía resulta perdedor, marginado o muerto, a menos que posea tanta fuerza que consiga hacerse al puesto de dominador. Es la ley de la jungla. 

De ese sistema opresor no se da cuenta quien está en la cúspide sino el que está abajo, que es siempre el que paga los platos rotos. 

Todos nacemos en un mundo de carniceros y víctimas, en el que todos jugamos al mismo juego: ciegamente seguimos al mismo Pastor, que más pronto o más tarde se burla de todos. En esta forma, la violencia crece y seguirá su carrera desbocada, mientras las espadas no se transformen en arados y las lanzas en podaderas (Is 2,4). Lo cual será posible en la historia de la humanidad en el momento en que también los poderosos descubran que son tan vulnerables y frágiles como todos los demás. Sólo así, al caer las máscaras que los encubren, podrán descubrir todo lo indeseable y brutal de lo que hasta entonces han tenido por bueno y deseable. 

El hombre en la opulencia no comprende, es como los animales que perecen; su pastor es la muerte, que le conduce al infierno, a donde él ha llevado antes a los demás (cf. Sal. 49,13.15.21). Lo más probable es que tal cosa no ocurra pronto, comprobando cuán débil es la omnipotencia de la tecnología, un coloso con pies de barro, tan fascinante y tremendo como frágil (cf. Dn 2,31-35).

La propuesta de Jesús constituye un modelo alternativo para salir de este juego de muerte, que brinda al hombre la realización de su humanidad y lo llama a ser como Dios. No propone la servil imitación de los deseos del otro, sino el acatamiento de los deseos del Padre, que a nadie mira como rival,  y que es, por el contrario, principio de vida y de libertad para todos. El engaño original ha residido en pensar en Dios cómo nuestro antagonista y haberlo tomado como modelo, haciéndonos imposible la vida. 

Jesús se presenta como el Hijo que conoce el amor del Padre y tiene sus mismos deseos: comunicar vida y libertad a sus hermanos. Por eso se propone como el «Buen» pastor, verdadero, en contraposición con el pastor brutal y falso. Al seguirlo, nos convertimos en lo que somos: hijos de él Padre y hermanos entre nosotros. Sólo así salimos de las tinieblas y llegamos a la luz de la verdad, que nos hace libres. A una cultura de competencia, rivalidad y violencia, se contrapone una cultura de fraternidad, solidaridad y amor. Y, por fin, una vida bella, digna de ser vivida, «desde Dios»: felicidad y gracia nos acompañarán todos los días de nuestra vida y habitaremos en la casa de nuestros deseos (cf. Sal 23).

Jesús pastor nos libera del «pillaje» que rige nuestras relaciones, en las que se impone el dominio del más violento de turno. La denuncia de Jesús nos hace ver que, en la práctica aquel, a quien tomamos como modelo, no es más que un pastor de muerte, cuyo final se da por descontado desde el principio. 

En este capítulo 10 de San Juan, se nos presenta la figura del Pastor-modelo que conduce hacia un nuevo tipo de vida. 

Pará vivir sin hacer demasiado mal es necesario ver la realidad. 

La intención de Jesús es mostrar la diferencia entre su manera de actuar y la de los jefes, pues mientras él libera, da luz y vida, ellos maltratan, depredan y mantienen esclavizado al rebaño. 

Con mucha frecuencia, los profetas daban a los jefes del pueblo de pastores malos e infieles, retratados de cuerpo entero en la conocida fábula del lobo y el cordero. Las reiteradas promesas de los profetas mantienen viva la espera de verdaderos pastores o, mejor, de Dios mismo como pastor. Jesús se presenta como el verdadero pastor, que conoce y cumple su labor en favor de las ovejas, ya que mientras los demás las hacen morir, Él les comunica su vida, la vida misma del Hijo. 

Esa es la imagen que nosotros tenemos que aprender a imitar y dar a conocer, tanto como presbíteros, así como obispos, que seamos capaces de dar la vida por las ovejas, al estilo de Jesús. El hacer que este tiempo de Pandemia nos ayude a fortalecer nuestra personalidad y convertirnos en verdaderos pastores al servicio de los demás. 

Que el Buen Pastor nos dé esa oportunidad para seguir sus pasos y actuar con convicción. 

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