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Tocados en lo profundo por el amor de Dios

Una muestra de amor que los símbolos de la JMJ a su paso por las comunidades han dejado, ha sido claramente ese amor de niños, jóvenes y adultos, ansiosos de “tocar” la Cruz peregrina o el Icono de la Virgen María.

En efecto, todavía el más grande deseo de “tocar” la Cruz es el deseo de “ser tocado por Jesús”, con la misma fe genuina de la mujer hemorroisa del evangelio que fue sanada y por la cual Jesús, preguntó ¿Quién me ha tocado?

De rodillas, frente a este madero desnudo, cargado de miles de historias de fragilidad humana y testigo silencioso del anhelo de paz de tantos países, cada uno reclina la cabeza rezando en su propio corazón, alabando e invocando protección, consuelo y bendiciones para sí, para los seres queridos, para la parroquia y para el mundo entero.

En las entrevistas realizadas a los feligreses de las diferentes parroquia aseguran la mayoría que sus oraciones son para el éxito de la JMJ en nuestro país más que por sí mismos. No se trata de un evento cualquiera con fuerte impacto turístico o económico, no es simplemente un problema de fachada y de imagen, sino que se pide una transformación profunda del corazón de cara panameño, de los jóvenes principalmente, y un futuro más sano y cristiano para las nuevas generaciones.

Desde la pequeña capilla rural hasta la catedral de la diócesis, el denominador común es una alegría contagiosa, una emoción indescriptible, que funde en un solo latido los corazones de los feligreses, independientemente de la edad.

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