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Un confesor de la fe

Raúl Serrano OSA

En 1992 pasé un año como maestro de novicios en Dipilto, un pueblito perteneciente al Departamento de Nueva Segovia en Nicaragua.

Nueva Segovia es una hermosa región poblada de pinos, que allá llaman “ocotes”. Su gente sana, trabajadora y muy religiosa, ha mantenido su fe católica con la tenaz devoción que le tienen a la Inmaculada Concepción de María. 

El hecho que voy a contar es un testimonio de fe que conocí en primera persona.

Me habían pedido ir a confesar a un pueblo y había quedado en que me recogieran a las 8:00 a.m. para empezar a confesar a las 8: 30 a.m. más o menos. Puntualmente llegó un carro que se estacionó frente al noviciado y bajó un joven que me dijo: “Padre, vengo a traerlo”. “¿A traer qué?”, pregunté. “A usted, Padre. Lo están esperando para la confesión”. Entonces caí en la cuenta que ‘traer’ significaba ‘llevar’ para este joven. 

A las 8:30 a.m., más o menos, como había calculado, estaba en mi destino, frente a una iglesia de buen tamaño. Al acercarme a la puerta noté que rebosaba de gente. Le pregunté a mi acompañante: ¿Hay también misa? ¿Por qué tanta gente? No, Padre, no hay misa, todos vienen sólo a confesarse. Había cerca de ciento cincuenta personas esperando confesarse. 

Las religiosas que atendían la iglesia me prepararon un sitio más cómodo en la sacristía y empecé mi labor. De 8:30 a.m. hasta las 5:00 p.m., sin levantarme ni siquiera a comer. Las buenas hermanitas me llevaron algo al mediodía, y comí mientras seguía escuchando los pecados de estas buenas gentes.

Entre los penitentes se me acercó un señor como de unos cincuenta años quien, antes de empezar el rito del sacramento, me informó que era delegado de la Palabra y que deseaba confesarse porque hacía trece años que no lo hacía. “¿Cómo es posible, le dije, un delegado de la Palabra que no se ha confesado en trece años?” “Es una historia larga, Padre, y quiero contársela antes de la confesión”, me contestó.

Desde joven había comenzado a servir a la Iglesia como delegado de la Palabra en el pueblo donde vivía, pobre pero tranquilo, con su  esposa y sus hijos. Cuando llegó la Revolución, siguió en su  trabajo cuidando sus siembras y su labor como delegado. Pero un día llegó la policía y se lo llevó preso a la cárcel en otro pueblo lejos del suyo. 

Preguntó por qué estaba preso, pero no le dieron ninguna respuesta. En la cárcel pasó un par de años hasta que un día le dijeron que estaba libre, que podía regresar a su casa. Regresó a su pueblo y encontró su casa cerrada, abandonada. Preguntó a los vecinos qué había sucedido con su mujer y sus hijos, y estos le informaron que como la cosa se ponía más difícil, su mujer, temiendo que a ella le sucediera también algo malo, había decidido irse para Honduras con sus hijos. No le quedó más que tomar también él el camino para Honduras. Tuvo suerte y encontró pronto a su mujer y a sus hijos, pero, ahora no veía prudente regresar a Nicaragua y decidió permanecer en el país vecino. Pasaron varios años hasta que supo que la  situación en Nicaragua había mejorado y se atrevió regresar a su pueblo. Pensó seguir sirviendo a la Iglesia como delegado, pero descubrió que la cosa en la parroquia había cambiado. Los sacerdotes pertenecían a la iglesia popular y por ello no asistió más a la Iglesia. Después llegaron otros sacerdotes, pero él, con la experiencia que había adquirido, prefirió esperar hasta estar seguros que eran sacerdotes auténticamente católicos. Por eso había pasado trece años sin confesarse. Lo miré y le dije: “hermano, hiciste bien, fuiste fiel a tu conciencia, eres un confesor de la fe”.

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