Curso BíblicoEspiritualidad

Una ventana entre la vida y la Biblia – Unir la trenza para leer la Sagrada Escritura

Para aprovechar mejor el mensaje de la Biblia no basta con leerla.  Es necesario unir tres fuerzas que forman una especie de trenza:  (1) Sintonizar y palpar la realidad, la vida; (2) Experimentar comunitariamente la fe en Dios y en su Hijo Jesús; y (3) Leer con atención la Biblia.  ¡Vida, comunidad y texto forman la trenza de la Biblia!

La realidad, la vida.  Se trata de experimentar la vida personal, familiar, comunitario y social, porque Dios nos habla desde cualquier rincón de la vida, de manera especial desde el rincón de los pequeños, de los pobres.

La fe de la comunidad.  La Biblia es una obra comunitaria, nacida de la experiencia de fe en el Dios de la vida, en Jesucristo y en la fuerza del Espíritu.  Por eso, la lectura resulta más provechosa cuando se la hace en diálogo comunitario.  La comunidad nos ayuda a descubrir el sentido profundo de la Palabra de Dios.

El estudio del texto.  La Biblia es la Palabra de Dios y hay que leerla y escucharla bien.  No basta sólo la buena voluntad para leerla; es necesario leer el texto y complementar su lectura con los comentarios que se hacen en la misma Biblia (p.e. al pie de página) o en otras obras explicativas.  Se trata de conocer el contexto social, cultural y religioso en el que fue escrito el texto y de descubrir con mayor claridad lo que Dios nos quiere decir.

Así como los lentes ayudan a ver mejor las cosas, también la buena lectura, el estudio, la meditación, el diálogo y la oración nos ayudan a descubrir lo que Dios quiere decirnos a través del texto.

Leer “en el Espíritu”

Las Sagradas Escrituras deben ser leídas “en el Espíritu”.  Para ello se puede recurrir a diferentes métodos de lectura, que permiten comprender mejor el sentido exacto de ciertos pasajes difíciles y reducir la distancia que separa al hombre moderno de los escritos bíblicos.

Para eso, es necesario ubicarnos en el plano de la fe, donde prima el sentido de “Iglesia”, y confiar en la inspiración comunitaria, que comenzó a fraguarse el día de pentecostés y lleva veinte siglos canalizada, a través de la tradición y de las enseñanzas del magisterio de la Iglesia.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL

“CHRISTUS VIVIT”

 (124-129)

¡EL VIVE!

¡Jesús vive!  El que nos salvó hace dos mil años, el que nos llena con su gracia, el que nos libera y transforma, nos sana y consuela, es alguien que vive.  Jesús es el eterno viviente.  Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que nos acechan en el camino.

Si Él vive, entonces puede estar presente en la vida de cada uno de nosotros, para llenarnos de luz y ya no habrá más soledad ni abandono, porque Él vino para darnos vida en abundancia.

Joven, contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo.  Alégrate con tu Amigo que triunfó.  Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció y ahora el mal no tiene la última palabra.

Si Él vive, eso es garantía de que el bien puede ser camino en nuestra vida, y que nuestros cansancios servirán para algo.  Ya podemos abandonar los lamentos y irar para adelante, porque con Él siempre se puede.

Con Jesús, el corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo.

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