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Vivir en la libertad que proclama Jesús

Esta semana el Señor nos está proponiendo vivir de manera plena la libertad, una libertad que no se matricula con la rigidez y que permite al Espíritu Santo tomar control de la vida.

Muchas veces, demasiadas en realidad, nos sometemos (y sometemos a los demás) a un programa de reglas y criterios que se nos antojan invariables. Ni hablar cuando esas reglas o normas de vida tiene como propósito garantizar el estatus quo de un grupo o clase.

Esta situación provoca     que la persona humana pase a segundo plano. Nada más importa que la directriz, el estatuto, la norma. Es entonces cuando el ser humano como creatura divina pierde valor y se vuelve descartable.

Peor aun cuando lo que priva es el interés particular mío, y nadie más importa.

La libertad se logra en la medida que desechamos ataduras y egoísmos. Cuando nos donamos a los otros sin mezquindad.

Esa visión egoísta de la vida es la que nos tiene sufriendo un mundo de carencias, de limitaciones sociales, de desequilibrios.

La Palabra nos está invitando a que esta semana nos permitamos entrar en diálogo con la realidad, con las diferencias, y llegar a todas las realidades humanas, como una Buena Noticia del amor de Dios.

Porque si Dios no hace diferencias ¿por qué debo hacerlas yo?

Jesús, con su ejemplo, nos está invitando a que salgamos de nosotros mismos y entremos en la vida, en la cotidianidad de los  demás, con alegría.

Esa es la verdadera libertad, cuando uno es capaz de donarse sin complicaciones ni cláusulas.

Se nos invita, pues, a dar la mano a la vida, a los demás, un dar la mano que, más que físico, significa transformar nuestro egoísmo en abrazo que crece mientras más se da.

¡Ánimo!

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