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Vivir la confianza a la luz del Evangelio

Roquel Cárdenas

En la presente situación es muy fácil caer en la desesperación que es la manifestación más palpable de la desesperanza, que es fruto de la desconfianza en el amor de Dios. Esto nos ocurre cuando construimos seguridades para sentirnos tranquilo. Como el niño pequeño, que al sentirse solo o asustado se abraza a su oso de peluche, que le da seguridad. Lamentablemente nos espera un duro despertar, al descubrir que al igual que el antiguo oso de peluche es poco los que nos pueden garantizar esas falsas seguridades.

Jesús nos presenta una propuesta que algunos le puede parecer poco realista. 

“Por eso os digo: No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? Por lo demás, ¿quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida… Mateo 6, 25ss

Así que no se preocupen del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio afán”, Mateo 6,34.

Nos pide tener confianza en Dios, que es reconocer que Él no abandona al ser humano, sino que lo mantiene en cada instante y le da la capacidad de llevar adelante su vida. Interiorizar esta completa dependencia con respecto al Creador es fuente de sabiduría, libertad y gozo. 

¿Cómo se vive esta confianza?

Tres elementos importantes para vivir esa confianza a la luz del evangelio. 

Confianza obediente al Espíritu Santo, para que en la oración busquemos su voluntad. Porque el gran problema es que nadamos contra corriente, es decir, en contra de los designios de Dios. Nos engañamos a nosotros mismo, pensado que se trata de confiar en Dios para que luego pase lo que yo quiero o espero. Como si se tratara de una especie de técnica para obtener resultados. Nada más alejados de la verdad, la confianza debe partir de la obediencia. 

Confianza activa que no supone un quietismo perezoso que interpreta la confianza en Dios con no hacer nada, esperando que ocurra algo “milagroso” que cambie “mi suerte”. Pocas cosas son tan dañinas como esta actitud indolente.

Confianza humilde que reconoce que se debe ser frente a Dios como un niño que tiene todo por aprender y que no sabe casi nada. Recuerdo cuando acompañaba a mis hijos hacer las tareas en pre kínder y que no admitían una corrección y me decían “ya yo sé, no me tienes que decir”. Igual nos comportamos con Dios al pensar que hay temas que no lo debemos involucrar. Somos selectivos en que involucramos a Dios. Eso evita que podamos desarrollar todo nuestro potencial y nos sorprendería que fácil saldríamos de muchas situaciones si involucramos a Dios en nuestras decisiones o si le pedimos alguna salida o idea.

En resumen, la confianza en la divina providencia o en la acción amorosa de Dios en nuestra vida, se vive desde la obediencia al Espíritu Santo, trabajando con diligencia y seguro que Dios está atento tanto a las cosas grandes de nuestra vida como a los detalles. Cosas que damos por hecho y que si consultáramos más a Dios de seguro nos iría mejor y contemplaríamos las maravillas de la providencia. Entonces podría decir con San Pablo: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”, Romanos 8, 28.

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