Espiritualidad

BUSCAR LA JUSTICIA CON HAMBRE Y SED, ESTO ES SANTIDAD

MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA.

La Pascua de Resurrección del Señor es el centro de la liturgia cristiana, porque celebra la verdad más importante y el fundamento de nuestra fe: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,14). La gran Vigilia pascual es realmente la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia, en torno a la cual se fue estructurando progresivamente el calendario de la Iglesia y toda su misma vida. “Cristo ha resucitado, aleluya, verdaderamente ha resucitado, aleluya” era el canto de los cristianos y la forma de saludo entre ellos durante los primeros siglos durante todo el tiempo pascual.

Cristo ha vencido a la muerte, vive para siempre, y esa es también nuestra esperanza: “creemos en la resurrección de los muertos y la vida eterna”. Aún en medio de los peores momentos, sabemos que el Señor ha resucitado y vive a nuestro lado como fuente de vida y esperanza, nos recordó Francisco en la jornada de oración del pasado 27 de marzo.

La muerte de Jesús en la cruz es la mayor injusticia de la historia de la humanidad; por eso su resurrección es la fuente de toda justicia, y los que creemos en el Señor resucitado estamos llamados a vivir con hambre y sed de justicia. Así lo dicen las bienaventuranzas al describir la vida y la santidad cristiana: «Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados». “Hambre y sed» son experiencias muy intensas, porque responden a necesidades primarias y tienen que ver con el instinto de sobrevivir. Hay quienes con esa intensidad desean la justicia y la buscan con un anhelo tan fuerte. Jesús dice que serán saciados, ya que tarde o temprano la justicia llega, y nosotros podemos colaborar para que sea posible, aunque no siempre veamos los resultados de este empeño” (Francisco, Gocen y alégrense, GE 77).

Tener hambre y sed de justicia es, en primer lugar, desear con toda el alma lo que pedimos en el Padrenuestro : que venga el Reino de Dios, que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. Es justo quien es fiel a la voluntad de Dios, y Él quiere que reine la justicia siempre y en todas partes. 

https://youtu.be/aBzx_KLq-_8

Tener hambre y sed de justicia, por eso, significa también por eso luchar y comprometerse con toda el alma en contra de la injusticia, sin dejarse envolver en ella. Pues “la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manchada por intereses mezquinos, manipulada para un lado o para otro. La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del «doy para que me den», donde todo es negocio. Y cuánta gente sufre por las injusticias, cuántos se quedan observando impotentes cómo los demás se turnan para repartirse la torta de la vida. Algunos desisten de luchar por la verdadera justicia, y optan por subirse al carro del vencedor. Eso no tiene nada que ver con el hambre y la sed de justicia que Jesús elogia”(GE 78). Desde los profetas hasta el día de hoy, los santos, los hombres y mujeres de Dios, defienden la justicia, denuncian la injusticia, luchan contra ella con todas sus fuerzas, hasta dar la vida si es preciso por su causa. El ejemplo de San Oscar Romero es una prueba evidente de este hambre y sed de justicia.

Porque tener hambre y sed de justicia exige este compromiso real a favor de las víctimas de la injusticia. «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17) (GE 79) Lo sabe muy bien la Iglesia latinoamericana: “La misericordia siempre será necesaria, pero no debe contribuir a crear círculos viciosos que sean funcionales a un sistema económico inicuo. Se requiere que las obras de misericordia estén acompañas por la búsqueda de una verdadera justicia social, que vaya elevando el nivel de vida de los ciudadanos, promoviéndolos como sujetos de su propio desarrollo. En su Encíclica Deus Caritas est, Benedicto XVI …nos dice que “el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política” y no de la Iglesia. Pero la Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Ella colabora purificando la razón de todos aquellos elementos que la ofuscan e impiden la realización de una liberación integral. También es tarea de la Iglesia ayudar con la predicación, la catequesis, la denuncia, y el testimonio del amor y de justicia, para que se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana”

 

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