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Amar y servir: esto es libertad

Tantas luchas ha encarado el hombre en nombre de la libertad, especialmente en los tiempos modernos, que parece que entre más libre es, más esclavo se vuelve. Es cierto, el significado de la palabra libertad se ha alterado con el paso del tiempo, ha mutado al son de los intereses del momento, se ha convertido en un constructor social de ideologías y no de realidades. La libertad que nos ofrece el mundo es espuria, pues es ante todo libertinaje.

El ser humano ha comprendido la libertad como el derecho que se tiene de hacer lo que yo quiera, sin tener en consideración al otro, y en esa búsqueda afanosa se pretende encontrar la tan anhelada felicidad, saciar las propias apetencias, sin mirar al semejante, al hermano. No obstante, no se puede ser verdaderamente libre cuando la felicidad se concibe como algo dependiente de los deseos de la carne, de lo material o de lo pasajero.

Entonces, la auténtica libertad no debe ser vista como una confrontación de intereses personales, su belleza reside en servirse los unos a los otros por amor (cfr. Gálatas 5, 13). 

Me parece indicado presentar la vida de san Agustín como un ejemplo claro de lo que puede hacer de nosotros el indebido y a la vez el debido uso de la libertad. Agustín, quien en la búsqueda de la verdad se extravió en el ejercicio de su libertad en sus años juveniles, nunca encontró en las nuevas filosofías de su época el gozo del espíritu que tanto anhelaba; por el contrario, se vio cada vez más desviado de su propósito. A los 31 años de edad aproximadamente, Agustín se convierte al cristianismo, encontrando así su libertad.

Para san Agustín, el libre albedrío es un don otorgado por Dios al hombre, para que a través de él obre rectamente.

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