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Catequistas llamados a la santidad

La santidad no está reservada a un pequeño grupo de privilegiados, ni es necesario abandonar nuestras ocupaciones ordinarias “para dedicar mucho tiempo a la oración”, sino que “todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio

Comisión Arquidiocesana de Catequesis

La santidad no está reservada a un pequeño grupo de privilegiados, ni es necesario abandonar nuestras ocupaciones ordinarias “para dedicar mucho tiempo a la oración”, sino que “todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio

La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La medida de la santidad viene dada por la altura de la santidad que Cristo alcanza en nosotros, de cuanto, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida sobre la suya.

Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el tres veces Santo ( (cfr Is 6,3), que nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado y que nos transforma.

La santidad tiene, por tanto, su raíz principal en la gracia bautismal, en el ser introducidos en el Misterio de Cristo

El Concilio Vaticano II precisa; nos dice que la santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida. “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16).

Para que la caridad como una buena semilla, crezca en el alma y nos fructifique, todo fiel debe escuchar voluntariamente la Palabra de Dios, y con la ayuda de su gracia, realizar las obras de su voluntad, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía.

Luces. La Santidad nos permite abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida
No tengamos miedo de mirar hacia lo alto, hacia la altura de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino que dejemos guiarnos en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque si nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será Él el que nos transforme según su amor. Lo que determina que alcancemos la santidad no es un determinado estado de vida, sino nuestra respuesta a la gracia divina.
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