Espiritualidad

Espiritualidad de la Pascua: encuentro con el resucitado

Los teólogos antiguos solían hablar de los “lugares teológicos”, es decir de las fuentes en que se basaban para conocer a Dios y hacer teología reflexionando sobre la fe; el primero de ellos era la Sagrada Escritura. El relato de Emaús que (Lc 25, 13-33), es uno de los más hermosos evangelios pascuales, nos ayuda a descubrir cuáles son hoy los “lugares cristológicos”, es decir, los lugares de encuentro con el Señor resucitado: el hermano que camina a nuestro lado por el camino de la vida, la Escritura, la Eucaristía y la comunidad.

Un tema que desarrolla amplia y acertadamente la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, fruto del Sínodo especial para América Latina (2000): “Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se reduzca a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares y momentos concretos en los que, dentro de la iglesia, es posible, encontrarlo”. Y señala con claridad los tres lugares principales del encuentro con el Señor resucitado (ver n.12): En primer lugar, la Sagrada Escritura leí-da a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración. Hay que fomentar el conocimiento de los Evangelios, en los que se proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre los hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de con-versión del corazón. Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada Liturgia. Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima exposición de las múltiples presencias de Cristo en la Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante enseñanza y reflexión: Cristo está presente en el celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que ac-túa su fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente además en la comunidad, en virtud de su promesa: Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20). Está presente sobre todo bajo las especies eucarísticas. Como Pablo VI creyó necesario explicar, esta singular presencia real de Cristo en la Eucaristía, <se llama real no por exclusión, como si las otras presencias no fueran reales, sino por antonomasia, porque es sustancial>. Bajo las especies de pan y vino, <Cristo todo entero está presente en su realidad física, aún corporalmente>. La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo, están claramente sugeridas en el relato de la Aparición del resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además, el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los necesitados, en quienes misteriosamente está presente el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar nunca un tercer lugar de encuentro con Cristo: Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica. Como recordaba también el mismo el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, < en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho trasparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos re-conocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del Hombre>”. San Agustín llamaba significativamente a los pobres “los pies del Señor”. Y comen-taba: así como al acercarte a besar a una persona debes tener cuidado de no pisarle los pies, no puedes acercarte a besar el rostro de Jesucristo y, al mismo tiempo, estar pisándole los pies, es decir, ofendiendo a los pobres por tu insensibilidad o codicia. De la revitalización de estos tres lugares y momentos de encuentro con Jesucristo vivo y resucitado depende la consolidación y autenticidad de nuestra fe, para que madure y llegue a ser una fe “convencida, viva y operante”. Teniendo en cuenta además que se trata de tres dimensiones inseparables de la fe, de tres momentos de encuentro que se interrelacionan, exigen y complementan mutuamente. Meditarlo y llevarlo a la práctica es sin duda una forma muy valiosa y positiva de enriquecer nuestra espiritualidad pascual. Y unir la devoción a la Divina Misericordia con la opción preferencial por los pobres sería un gran acierto: quien celebra la misericordia de Dios con los seres humanos no puede dejar de ser misericordioso y practicar las obras de misericordia con los pobres, los marginados y los que sufren.

 

 

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