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Espiritualidad del encuentro

No es posible ser misionero sin ser antes discípulo, es decir sin haberse encontrado con el Señor y haber establecido una relación personal con Él. La espiritualidad misionera es una espiritualidad del encuentro.

Vale la pena meditar el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13ss) para aprender cuáles son hoy también los lugares de encuentro con el Señor resucitado: el hermano que camina a nuestro lado por el camino de la vida, la Escritura, la Eucaristía y la comunidad.

En primer lugar, encontrar al Señor en el hermano que camina a nuestro lado,

en el pueblo, en la gente, en las personas. Francisco ilumina así este aspecto importante de la espiritualidad cristiana y de la misión de la Iglesia: “Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios. Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados… Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros” (La alegría del Evangelio 272).

La Iglesia es hoy el lugar donde los seres humanos, encontrando a Jesús, pueden

descubrir el amor del Padre y el sentido de la vida y de la historia. Con la ayuda de María, que siempre conduce al encuentro con Jesús y especialmente en los pueblos de la América Latina, es posible encontrar a Cristo presente en la Iglesia en tres momentos o lugares concretos:

En la Sagrada Escritura, especialmente los Evangelios, leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio de la Iglesia, profundizada en la meditación y la oración.

En la Liturgia, especialmente la Eucaristía, que encierra en sí una múltiple presencia de Cristo: en el celebrante, en los sacramentos, en su palabra, en la comunidad, en la “presencia real” eucarística en las personas, especialmente en los pobres, con los que Cristo se identifica La Escritura y la Eucaristía, son lugares de encuentro con Cristo; pero no se debe descuidar el tercer lugar de ese encuentro: las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica. Pablo VI dijo, al clausurar el Concilio Vaticano II, que “en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho trasparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del Hombre”.

Debemos fijarnos en el cambio de dirección y actitud que se da en los dos discípulos de Emaús antes y después de reconocer al Señor resucitado: antes del encuentro con Jesucristo vivo, ellos están sin comunidad, dejan Jerusalén, donde queda la comunidad apostólica de referencia y caminan solos, tristes y sin esperanza; después, regresan rápidamente a la comunidad, donde comparten la fe, la alegría y el testimonio… No hay discipulado sin comunidad, porque vivir en

comunión de amor es el mandamiento de Jesús, como entendieron perfectamente los primeros cristianos de Jerusalén, que vivían unidos, compartían todos y tenían una sola alma y un solo corazón (Hech 2, 42ss. y 4,32). Con razón se puede afirmar por eso que una comunidad unida, sacramento de comunión con Dios y con los hermanos, es normalmente la condición necesaria para la formación del discípulo misionero.

Además, es preciso interrelacionar entre sí todos los mencionados lugares

de encuentro con Jesucristo vivo. Si entendemos la fe de una manera personal e integral, no podemos reducirla a sólo algunos aspectos de nuestra vida, ni vivir unos momentos en presencia de Jesucristo vivo y otros no. Para el creyente

auténtico, el Señor está realmente presente siempre, y no únicamente en la Eucaristía, como afirma claramente la Exhortación Iglesia en América (n. 22).

De lo contrario se cae en una especie de esquizofrenia que desquicia la vida cristiana: Jesucristo vivo sólo está presente cuando leo la Biblia y hago oración, o sólo cuando participo en la Eucaristía o recibo los sacramentos, o sólo cuando doy limosna o me relaciono con alguien… Todas las presencias del Señor son reales, se interrelacionan y complementan, nos enriquecen y hacen posible un ininterrumpido encuentro con Él. Esta es la experiencia cristiana íntegra, fuente de la auténtica espiritualidad misionera.

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