Espiritualidad

Espiritualidad nueva

Aunque el año litúrgico no coincide en su inicio ni en su fin con el año civil, los cristianos vivimos en la sociedad con todos los demás y compartimos el mismo calendario. Tenemos muy presente el “fin de año” y el “año nuevo”, el cambio de fecha y de año – en este caso del 2019 al 2020- , e incluso la actitud que se refleja en las celebraciones típicas de estas fechas (quema del año viejo, fiestas del año nuevo…).

Todos quizás hemos escuchado y repetido alguna vez el refrán “Año nuevo, vida nueva”, expresando la conciencia y la esperanza de cambiar, caminar y mejorar. En realidad no todo cambia al cambiar de año, y seguramente viviremos las mismas realidades fundamentales de nuestra vida: en la misma familia, con el mismo trabajo, con la misma salud, con los mismos amigos, con los mismos problemas… Pero también es cierto que todos anhelamos y esperamos que se den en nuestra vida algunos cambios, y cambios a mejor: a ver si en este año mejoro mi salud, mi salario, mis relaciones familiares y sociales, mi tiempo de vacaciones…Y hasta a veces esperamos algún cambio importante: me graduaré, me casaré, tendré un hijo, cambiaré de casa o de carro, alcanzaré la mayoría de edad…

Es normal y muy humano combinar en la vida esta doble dimensión de estabilidad y cambio, continuidad y renovación, realidades antiguas que permanecen y otras nuevas que surgen. Así es la vida, como dijo el poeta: “caminante no hay camino, se hace

camino al andar”.

Nuestra fe es una realidad sobrenatural, pero encarnada en nuestra vida humana. Está por eso sujeta al mismo dinamismo. La viviremos seguramente el año próximo en el mismo marco existencial que este 2019: en la misma Iglesia, en la misma comunidad cristiana, con las mismas dificultades y bendiciones…Pero aspirando también a cambiar, a mejorar, a seguir adelante. Con el propósito de ser mejores cristianos, ser más fieles a Dios, trabajar más en la Iglesia, crecer en la fe, la esperanza y el amor.

Dos cosas serán importantes para renovar en este sentido nuestra espiritualidad. En primer lugar, plantearnos meta y propósitos concretos. No sirve de mucho prometer “ser mejor” si no concretamos: para eso, por ejemplo, rezaré un rato cada día, me reconciliaré con mi vecino, ayudaré generosamente a los pobres y en Caritas, dedicaré más tiempo a mi familia, superaré mi vicio de tomar o mentir.

Y la segunda cosa: no basta ser mejor; lo importante es hacer, con mi testimonio que mi familia, mi comunidad, mi parroquia y mi país sean mejores. Así concretaba Pablo VI esta actitud de cambio y mejora en su Exhortación sobre la evangelización en el mundo de hoy: “La Buena

Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio.

Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantearán muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no había sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes, de gentes que viven en una sociedad cristiana, pero según principios no cristianos, bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o a Alguien que ellos adivinan, pero sin poder darle un nombre. Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial, en general al primero absolutamente en la evangelización (Evangelii nuntiandi, 12).

Un buen propósito para nuestra espiritualidad en el nuevo año, ¿verdad? Pues ánimo, y Feliz año 2020 en el Señor.

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