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Espiritualidad y migrantes

Se denomina migración a todo movimiento de población que consiste en dejar el lugar de residencia para establecerse en otro país o región, generalmente por causas económicas o sociales. Las migraciones son en efecto más frecuentes en caso de guerra o graves crisis económicas; pueden ser internas o externas (dentro del mismo país o hacia otro país distinto) y los migrantes pueden llegar a un país de paso hacia otro o con intención de quedarse en él.

Actualmente el fenómeno migratorio es abundante y trágico. Todos los días leemos noticias de personas de diversos países y edades que pierden la vida al intentar llegar a otros países donde esperan conseguir una vida mejor. O, simplemente, donde esperan al menos vivir. A la pregunta de un periodista sobre cómo se había atrevido a correr un riesgo de muerte tan grande, un migrante rescatado de una patera a punto de hundirse en el mar respondió sencillamente: “en mi país tengo la muerte asegurada, saliendo al menos puedo probar a tener suerte y vivir”…

Todos hemos oído noticias de los grandes flujos migratorios actuales, especialmente en dos escenarios y con dos direcciones: del África subsahariana a la Unión europea y de algunos países latinoamericanos hacia Estados Unidos. Y en Panamá experimentamos, en diversas épocas y en mayor o menos número, la presencia de migrantes con destino a Norteamérica.

Emigrar es un derecho humano explícitamente reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, artículo 13: “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier

país, incluso el propio, y a regresar a su país”. Y proclamado reiteradamente por el Papa Francisco, que no dudó en acudir personalmente a Lampedusa, centro crítico de llegada de migrantes, y que habló así a los Obispos centroamericanos participantes en la reciente JMJ: “Muchos de los migrantes tienen rostro joven, buscan un bien mayor para sus familias, no temen arriesgar y dejar todo con tal de ofrecer el mínimo de condiciones que garanticen un futuro mejor. En esto no basta solo la denuncia, sino que debemos anunciar concretamente una “buena noticia”. La Iglesia, gracias a su universalidad, puede ofrecer esa hospitalidad fraterna y acogedora para que las comunidades de origen y las de destino dialoguen y contribuyan a superar miedos y recelos, y consoliden los lazos que las migraciones, en el imaginario colectivo, amenazan con romper. “Acoger, proteger, promover e integrar” pueden ser los cuatro verbos con los que la Iglesia, en esta situación migratoria, conjugue su maternidad en el hoy de la historia” (Panamá, 24 enero 2019). 

Un lenguaje bien distinto al de algunos de nuestros políticos, que roban y son corruptos pero pretenden culpar a los migrantes de la delincuencia, la crisis económica o el desempleo. O de la postura xenófoba (= rechazo y hostilidad hacia los extranjeros) que prolifera y crece alarmantemente en algunos sectores del pueblo panameño, tradicionalmente considerado como un pueblo noble y acogedor, y con evidentes raíces familiares en otros pueblos. O, peor aún, de posturas de católicos practicantes, que marginan en las comunidades a creyentes llegados de países hermanos y llegan a afirmar abiertamente que no les interesan para nada los sufrimientos o problemas de otras naciones, porque Panamá es sólo para los panameños y no tiene por qué preocuparse ni ayudar a personas de otros países.

¿Rezarán tranquilamente el padrenuestro? ¿Habrán leído la parábola del buen samaritano? ¿Considerarán que su espiritualidad es cristiana? ¿Pensarán que su xenofobia no tiene nada que ver con lo que dice claramente la Palabra de Dios?

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

“Traten a los demás como quieren que los demás los traten, en esto consisten la

ley y los profetas” (Mt 7,12)

“Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque…era forastero [emigrante, traduce la Biblia de nuestro Pueblo] y no me recibieron…” (Mt 25, 41ss.)

“Si alguien vive en la abundancia y, viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,17-18)

Y no hace falta ni acudir a la Biblia. Dios creó el mundo y los hombres inventaron las fronteras, dice la sabiduría popular. Y las redes sociales ofrecen frecuentemente reflexiones como la de E. Galeano: “Tu Dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tus vacaciones son caribeñas, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas…¿Cómo te atreves a decir que tu vecino es extranjero”

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