Opinión Clero

Fidelidad y testimonio

P. José-Román Flecha Andrés

El día 2 de febrero, fiesta de la Purificación de María y de la Presentación de Jesús en el templo, se celebra en la Iglesia Católica el día de la vida consagrada. Una buena ocasión para que todos los católicos nos detengamos a recordar lo que significan y aportan los hermanos y hermanas que se han entregado al Señor con una especial consagración.

El día 29 de junio de este año 2021 se cumplirá medio siglo de la publicación de la exhortación apostólica Evangelica testificatio del papa Pablo VI, sobre la renovación de la vida religiosa según las enseñanzas del  Concilio Vaticano II.

Al releer ahora aquel importante documento, recordamos el movimiento de revisión y renovación que surgió en toda la Iglesia. Un movimiento que llevó a los diversos institutos de vida consagrada a preguntarse qué era lo que habría que conservar y qué se debería cambiar en sus constituciones, hábitos, estructuras y formas de presencia en la sociedad.

Hoy llama la atención el análisis que por entonces hacía el Papa de los valores y las búsquedas de la sociedad de la segunda mitad del siglo. Y la consideración del entramado psicológico de las personas en general, de los católicos y, más en concreto, de las personas consagradas.

Es interesante ver cómo, retomando las palabras y el espíritu del Concilio, Pablo VI subraya el valor dinámico y social de los votos religiosos. La castidad como donación de amor y de ternura a los que se sienten abandonados. La pobreza como respuesta a un consumo desenfrenado y como ejercicio de solidaridad con los desheredados de la tierra. La obediencia como desafío a la indiferencia y propuesta de fraternidad en vista del bien común.

«La aspiración de la humanidad a una vida más fraterna, a nivel de las personas y de las naciones, exige ante todo una transformación de las costumbres, de las mentalidades y de la conciencia»

No es extraño que en aquella exhortación aparezca veinte veces la palabra “testimonio” y otras diez veces la referencia al “seguimiento” de Cristo. La fidelidad al evangelio había de ser el criterio para orientar la vida profética de los religiosos y religiosas, en una sociedad que se creía autosuficiente e invulnerable hasta el punto de no necesitar la salvación.

 A pesar de esa apariencia, Pablo VI intuía las hondas necesidades del ser humano, amenazado siempre por la soledad y la indiferencia de los demás. Por eso escribía al final de su exhortación: “La aspiración de la humanidad a una vida más fraterna, a nivel de las personas y de las naciones, exige ante todo una transformación de las costumbres, de las mentalidades y de la conciencia. Tal misión, común a todo el Pueblo de Dios, es vuestra por título particular”.

He ahí unos sentimientos y valores que, cincuenta años después y en medio de la tormenta causada por el coronavirus, ha retomado el papa Francisco en su encíclica “Fratelli tutti” como aplicables a la Iglesia, con relación a toda la comunidad humana.  

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