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¿Iremos de un mundo cerrado hacia el amor social?

En un crudo panorama mundial de pandemia, la tercera encíclica del pontificado del Papa Francisco es un llamado a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para vivir como hermanos, superando divisiones, enfrentamientos y egoísmos, reconociendo la dignidad de todas las personas.

Asegura el Papa, que se trata de una encíclica social para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras. 

El primer capítulo: “las sombras de un mundo cerrado”presenta los grandes problemas de nuestro tiempo, el segundo, es catequético y exhortativo a la conversión, y los 6 siguientes capítulos de la encíclica son profundamente propositivos de los caminos hacia la fraternidad y la amistad social. Ante el “extraño caído al borde del camino”, herido y puesto fuera por esas sombras de un mundo cerrado, cada uno puede seguir de largo o detenerse. Incluirlo o excluirlo definirá el tipo de persona o proyecto político, social y religioso que somos y tenemos.

Estas palabras “Fratelli Tutti” las escribía San Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio.

No hay “otros” ni “ellos”, sólo hay “nosotros”. Un ser humano solo puede desarrollarse y encontrar su plenitud en la entrega sincera de sí a los demás. Francisco se asombra cómo la Iglesia tardó tanto en condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia, pero ya no hay excusas. Lamenta cómo algunos se sienten alentados “o al menos autorizados por su fe” para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, y actitudes xenófobas.

La vida no se reduce a nosotros mismos o a nuestro pequeño grupo.

Solo tendremos paz –nos repite Francisco- cuando se asegure tierra, techo y trabajo para todos. Y la paz será duradera solo desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de la familia humana. (cap.3)

El amor supera las fronteras

Un corazón abierto al mundo entero debe concretarse en actitudes de encuentro, solidaridad y gratuidad, ante el triste problema de las migraciones forzadas. Propone incrementar y simplificar visados, programas de patrocinio, corredores humanitarios, ofrecer alojamiento, seguridad y acceso a servicios básicos, entre otras cosas. (cap.4)

Rehabilitar la política

La política no debe someterse a la economía ni está a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El Papa Francisco nos llama hacia un orden social y político, cuya alma sea la caridad social, una política que es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. (Cap.5)

Caridad política y amor social

Esta caridad política supone un sentido social que nos lleva a buscar el bien de todas las personas. A partir del “amor social” se avanza hacia una civilización del amor a la que todos podemos sentirnos convocados. La auténtica política se aleja del liderazgo populista que instrumentaliza la cultura del pueblo, con un signo ideológico al servicio de su proyecto personal y su perpetuación en el poder.

Del diálogo social nace la “Cultura del encuentro

ACCIÓN. Respetar las culturas

Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación”. Como pueblo nos apasiona buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. (cap.6)

Reencuentros para restablecer la paz

Quienes pretenden pacificar una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz. Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos. Habrá que plantear “rencuentros”, rechazar para siempre la violencia, la guerra y el armamentismo.

Las religiones al servicio de la fraternidad mundial

FE. Al servicio de los otros.

El rol social de las religiones es un bien para nuestras sociedades; buscar a Dios con corazón sincero nos ayuda a reconocernos compañeros de camino. Los creyentes debemos vigilar que la doctrina, fuera de su contexto, no termine alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro. La violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas fundamentales sino en sus deformaciones.

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