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¿La castidad prohíbe la dinámica sexual?

En el artículo anterior, les compartía el significado de la castidad dentro de la vida matrimonial, como una virtud que busca ordenar la dinámica sexual según los valores del Evangelio, es decir, ordena todas las características biológicas, psicológicas, sociales y espirituales. La castidad conyugal busca resaltar los aspectos positivos que nos llevan a sentirnos plenos.

La castidad conyugal supone tener vida sexual, convirtiéndolo en un acto generoso y abierto a la fecundidad, una expresión de la donación que se da y recibe en la profundidad y majestuosidad del acto sexual.

Esta virtud implica anteponer el bienestar de mi pareja, antes que mis propios intereses y deseos. No se trata de reprimir, sino de hacerlos fructíferos en una relación de pareja saludable.

Antes de hablar de castidad matrimonial, debemos enfocarnos en una vida de castidad personal (Porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación 1 Tes 4,7). Los frutos de mi enfoque de santidad individual, será el recurso que pondré en mi vida conyugal, partiendo de la purificación del amor propio, elevándolo a una categoría superior hacia el encuentro del amor de mi pareja.

El dominio de si, fruto de la virtud de la castidad posibilita la unión, la comunicación del amor, sin que sea solo visto como una dinámica netamente de placer. Es la vida sexual dentro del matrimonio, alimento de un sentimiento desde la pasión y la intimidad.

Las sagradas escrituras, nuestra Iglesia, promueve el acto sexual entre los cónyuges, de ninguna manera lo prohíbe, siendo parte esencial de la vida matrimonial.

Cita para iluminar: Este amor (el amor conyugal) tiene su manera propia de expresarse y de realizarse. En consecuencia, los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí, son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco con que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por el mutuo compromiso y sobre todo por el sacramento de Cristo, resulta indisolublemente fiel, en cuerpo y espíritu, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio (Concilio

Vaticano II. Gaudium et Spes 49).

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