Espiritualidad

La devoción del santo “Via crucis”

“Via crucis” es una forma muy adecuada de enriquecer la espiritualidad cuaresmal y prepararnos para celebrar la Pascua de resurrección del Señor.

P. Miguel A. Keller, osa

La piedad popular cristiana tiene presente especialmente en este tiempo de Cuaresma la práctica del “Via crucis”, expresión latina que en castellano significa “camino de la Cruz”. Como su nombre indica, esta devoción tiene como finalidad acompañar a Jesús, mediante la oración y la meditación, en los diversos acontecimientos que vivió, llevando la Cruz a cuestas camino del monte Gólgota donde fue crucificado. Es por eso una forma muy adecuada de enriquecer la espiritualidad cuaresmal y prepararnos para celebrar la Pascua de resurrección del Señor.

Consta de 14 meditaciones o estaciones, recordando otros tantos momentos acaecidos en el proceso de condena y muerte de Jesús. Tomados la gran mayoría de ellos de los Evangelios, y otros que se suponen ocurridos en la ruta hacia el lugar de la crucifixión (caídas, encuentro con María y la Verónica).

Actualmente se suele añadir la estación N.º 15, que hace referencia a la Resurrección de Jesús. Pues este es el centro de nuestra espiritualidad y de nuestra fe, que como dice Pablo sería vana si Cristo no resucitó; es la celebración central de la Iglesia para la que nos preparamos durante toda la Cuaresma.

¿Cuál es el origen histórico del Vía Crucis? Es una de las más antiguas devociones católicas. Desde los primeros siglos, muchos cristianos realizaban peregrinaciones a Jerusalén para recorrer los lugares de la Pasión y Muerte de Jesús con los Evangelios en la mano, y se paraban o estacionaban para meditar y rezar donde había tenido lugar algún acontecimiento. De ahí que a las 14 paradas se las pasara a llamar “estaciones”.

Hoy, el Via crucis constituye un tesoro para la espiritualidad cristiana.

Más tarde, ya en la Edad Media, se organizan las “Cruzadas” o expediciones religioso- militares para liberar los “santos lugares” del dominio musulmán. Los “cruzados” oraban en los lugares en que había tenido lugar algún episodio de la Pasión de Jesús. Y al  volver a sus países de origen, iban con la idea de realizar algo parecido a lo que habían visto y vivido ellos mismos en Jerusalén. Así, en muchas partes de Europa, se erigen «Calvarios” y luego «Vía Crucis», para que los fieles recordasen orando piadosamente la pasión del Señor.

Finalmente, y gracias a la visita de Francisco de Asís al Sultán Malik-el-Kamil (ver Fratelli tutti, 3), se concede la custodia de los Santos Lugares de Jerusalén a los religiosos franciscanos. Y ellos establecen en sus iglesias, por todo el mundo, las catorce estaciones, para que los fieles las puedan recorrer a imitación de los devotos peregrinos que iban personalmente a venerar los Santos Lugares. Quienes hemos tenido la dicha de hacer el Via crucis por las calles de Jerusalén, recordamos sin duda siempre esa experiencia al rezarlo en nuestros templos. Más tranquilos, pues en Jerusalén hay que hacer el recorrido en medio del ruido, la gente e incluso los empujones, algo muy parecido –como me hizo notar muy acertadamente una amiga peregrina- a lo que fue la experiencia de Jesús por esas mismas calles.

Hoy, el Via crucis constituye un tesoro para la espiritualidad cristiana. Nos ayuda, por una parte, a entender la vida como un camino o peregrinación; por otra, el paso, a través del misterio de la Cruz, de la existencia en la tierra a la vida eterna en el cielo; también el deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; y por último, las exigencias del seguimiento de Cristo, según el cual el discípulo debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz. La práctica piadosa del rezo del Vía Crucis es memoria de algo ocurrido en el pasado, pero que sigue ocurriendo ahora, pues por medio del pecado, del mal, se sigue crucificando a Jesús en cada una de las personas y de los pueblos que son tratados injustamente, como así le ocurrió al Señor. Jesús en camino hacia la cruz tiene una gran capacidad para interpelar al ser humano de hoy. Para reconocerle en quien sufre, para cargar con nuestra cruz, ayudar y consolar a quien lleva la suya, levantarnos siempre y no perder la esperanza. Amén.

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