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¿LLORAS POR TUS PECADOS?

Bernardina de Moreno

Nosotros nacemos con una tendencia al mal, por el pecado original que heredamos de Adán y Eva, o sea que nadie, excepto la Virgen María, puede decir que no es pecador, incluyendo a su santidad el Papa. 

Llorar por tus pecados no es que literalmente derrames lágrimas. El ser humano llora por muchos motivos y no derrama ni una lágrima porque su llanto no es puro sentimiento, por eso la expresión de “lágrimas de cocodrilo”. Cuando hemos ofendido a alguien y somos conscientes de haberlo hecho, nos arrepentimos y nos duele y ese sentimiento se derrama interiormente limpiando nuestra alma. 

El llanto en si es una manifestación propia del ser humano, no solo de dolor y arrepentimiento, también de alegría, a veces son emociones encontradas porque, una madre llora de alegría cuando da a luz a un hijo, y no hay tristeza incomparable cuando lo pierde. Ahora bien, ocupémonos del tema que reflexionamos. Vamos a ser muy objetivos y realistas. 

Dios no espera que derramemos llanto sin parar por nuestros pecados, porque puede ser puro sentimentalismo, sin una pizca de dolor. Él quiere y prefiere ver un corazón contrito y humillado, aunque los ojos estén más secos que hojas de verano. 

Nosotros sabemos que Cristo murió en la cruz por nuestros pecados, pero eso no quiere decir que no nos deba doler o arrepentirnos de haberlos cometido, al ver el precio tan alto que pagó por ellos. Tenemos una deuda de gratitud, muy grande con él, y nuestro Padre Celestial. 

Es difícil ver en estos tiempos a alguien llorando por unos pecados, pues ha perdido el sentido de conciencia cuando ofende a Dios, se ocupa de otras cosas, pero no en su relación con Dios. 

Mientras vivan cómodos y tranquilos, aun haciendo lo que no deben, menos se acordarán de que han ofendido a Dios. Muchos borraron de su conciencia y memoria, qué es pecar, por lo tanto, el arrepentimiento no existe.

Al pecar hacemos como Adán que dijo: la mujer que me diste, me dio y comí, no queremos ser responsables de nuestros actos y nos es cómodo echárselos a otros. 

Santa Mónica lloró muchos años, por la conversión de su hijo Agustín, y hoy sabemos el gran santo y doctor de la Iglesia que es.  El mismo Cristo lloró la muerte de su amigo Lázaro, y en el Huerto de Getsemaní por nuestros pecados. 

Por eso, es de suponer que si somos conscientes de quién es Dios, y la falta que cometemos al ofenderle, con mayor razón debemos “llorar” aunque no se mojen nuestros ojos, porque Él quiere ver contrición y conversión, no simples lágrimas, que con un pañuelo se secan, sin tener propósito de enmendar la falta. 

Hay personas que por la más mínima cosa lloran y se ganan el mote, de “llorona” y se cuidan de decirle algo, porque enseguida rompe en llanto, pero, esas son las que, para nada, sienten dolor al ofender a Dios, porque llora por pura emoción. 

Por eso, si sientes un pesar muy grande en el fondo de tu alma y tu conciencia, de haber ofendido a Dios, y Él te concede la gracia de derramar lágrimas por ellos, no tengas escrúpulos, llora que Él secará tu llanto al ver tu arrepentimiento sincero. Así de sencillo. 

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