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Manos lejos pero el corazón cerca

Desde el otro lado del océano estoy siguiendo con atención la visita del Papa Francisco a Pa­namá, donde se está encontrando con el pue­blo panameño y los jóvenes de todos los continentes en la Jornada Mundial de la Juventud. Las redes sociales y el internet permiten hoy seguir prácticamente en vivo, y en directo, las incidencias de esta visita papal que va a dejar muchos beneficios al país y a la población pa­nameña y a la propia Iglesia de Panamá.

Los hermanos y amigos de la parroquia San Lucas me han hecho llegar muchísimas fotos y videos de las distintas actividades que se han estado realizando en la ciudad de Panamá con ocasión de esta JMJ. Si de todas ellas tuviera que escoger una sola como la más representa­tiva de esta visita papal a nuestro país istmeño escogería esta que Panorama Católico destaca en la edición de este domingo. A mí es la que más me ha impactado y estoy seguro de que a Francisco sería la que le gustará tener en lugar destacado en su despacho.

Se ha hecho, en a penas unas horas, viral. Al verla en la madrugada de este jueves cuando abrí los ojos me vino a la mente el pasaje el episodio de la vida de Jesús que nos cuenta el evangelista Marcos, y que casualmente hace unos días el viernes, 18 de enero, se proclamaba en las celebraciones de la eucaristía.

Se nos dice en el texto que la gente abarrotó la casa donde Jesús predicaba la Buena Nue­va. Había tanta gente que a un paralítico que querían acercar a Jesús no lo pudieron meter en la casa. Quien lo portaban estaban tan de­terminados a que algo hiciera Jesús por él, que abrieron un boquete en el techo de la casa y lo descolgaron para ponerlo frente a Jesús.

El evangelio nada dice del nombre de esta pa­ralítico, ni tampoco, quien después corrió con los gastos de arreglarle el techo al dueño de la casa. Pero ninguna de ambas informaciones es relevante en todo caso.

Al hacerse viral la imagen que acompaña este comentario enseguida se ha sabido el nombre del que estaba sostenido en la silla. Se llama Lu­cas y vive con mucha serenidad, alegría y paz su fe sin lamentar su desgracia.

Lucas es como el paralítico del pasaje. Al no encontrar la forma de acercarlo hasta el Papa, lo alzaron, con todo y su silla de ruedas, para que lo viera e hiciera algo por él. Y lo vio, sí que lo vio. Basta mirar la sonrisa franca y enorme, de Francisco; me parece real­mente conmovedora y cargada de compasión. Es una mirada que bendice. Si hubiera estado Lucas en primera fila, me da que el Papa se hu­biera saltado una vez más el protocolo y hubiera bajado al asfalto para abrazar y bendecir a este muchacho de quien hoy todos sabemos que se llama y que, a pesar de su parálisis, vive a pleni­tud y con alegría la vida de que Dios le ha dado.

Estoy seguro de que la bendición papal para Lucas ha tenido en él el efecto de la curación que Jesús hizo al paralítico que le pusieron de­lante descolgándolo del techo de la casa donde estaba. Hoy para Lucas, vivir apegado a su silla de ruedas no es inconveniente ni impedimento para vivir con alegría y esperanza sus días. Otros muchos han de ser los frutos de esta JMJ que se celebra en Panamá. Destacaría, de acuerdo a lo que he podido ver desde este otro lado del océano, el apoyo dado por las confesio­nes religiosas que cohabitan en paz y armonía en Panamá y que han acogido peregrinos en sus lugares de culto, entre ellos judíos y musulma­nes. En estos tiempos recios esa armonía inte­rreligiosa da firmeza a la paz de Panamá.

Y ojalá que, de entre tantos jóvenes que lle­garon a esta tierra istmeña, alguno se haya sentido tocado por el Señor para seguirle de cerca en el camino del servicio al pueblo como religiosos, religiosas y sacerdotes, o laicos com­prometidos. Esto no se puede medir en dinero, pero supera a las cifras que hablan de cálculos.

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