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María, servidora del Señor

Los catequistas somos servidores del Señor, como María. Ella, mejor que nadie, con una profunda sensibilidad, demostró estar siempre atenta a las necesidades de los demás, para ayudar, para servir; porque sabe que Dios viene a nosotros en el necesitado. Ella demuestra su interés genuino en la comunidad, en su pueblo, en la vida de las personas. Así lo hizo al visitar a su anciana prima Isabel y quedarse a servirle en el último trimestre de su embarazo, a pesar de estar Ella misma en el primer trimestre del suyo. En Caná, es la primera en darse cuenta de la carencia del vino y se lo hace saber a Jesús; intercede para evitar la angustia y el descrédito de los novios.

Nos toca a los catequistas guiar a nuestros interlocutores en la imitación de esa

virtud de servicio de la Madre. Se trata de animarlos a servir a los demás al estilo emprendedor, decidido y creativo de María, para mostrar signos de amor concretos y solidarios. Por ejemplo, ejercer la paciencia y comprensión en la convivencia familiar, la atención a los enfermos que requieren de ayuda, dedicar un rato de escucha de calidad a alguien que pasa por un momento complicado, ralizar una visita a ese anciano o anciana que vive en soledad.

En la catequesis debemos dejar claro que para servir, es preciso salir de nosotros mismos para ir al encuentro de las necesidades del otro, con el corazón puesto en el servicio de quienes necesitan. Cuando María visita a Isabel, no permanece distante y fría, como si fuera una gran señora a la que han de servir; por el contrario, se pone a servirla. A los enfermos hay que servirlos no de una manera pasiva, sino con todo el cariño, haciéndolos objeto de nuestra preocupación y nuestro amor.

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