Más que construir templos, los franciscanos ayudaron a construir comunidades, llevando educación, acompañamiento espiritual y obras sociales a distintos rincones de Panamá.
Karla Díaz
Lo que comenzó como una misión destinada a Perú terminó convirtiéndose en una de las experiencias evangelizadoras más importantes de la Iglesia católica en Panamá.
Hace 75 años, un grupo de frailes franciscanos italianos llegó al país con el propósito de servir a las comunidades más necesitadas, iniciando una labor que ha dejado profundas huellas en la vida religiosa, educativa y social de miles de panameños.
La reimplantación de la Orden Franciscana en Panamá se concretó el 3 de abril de 1951 con la llegada de fray Edmundo De Amicis. Poco después se incorporaron otros religiosos procedentes de Italia, quienes encontraron en la provincia de Chiriquí un amplio campo para desarrollar su trabajo pastoral.
Su misión se extendió rápidamente por poblaciones como Boquete, Dolega, Gualaca, Remedios y Tolé, comunidades que en aquella época contaban con limitados recursos y escasa presencia eclesial.

Los frailes no solo celebraban los sacramentos y acompañaban espiritualmente a la población, sino que recorrían largas distancias para atender áreas rurales y fortalecer la vida comunitaria.
En David, asumieron la atención de la parroquia San José y, posteriormente, de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde impulsaron el crecimiento del Colegio San Francisco, institución que continúa formando generaciones de estudiantes bajo los valores franciscanos.
La labor de la orden también se extendió a la Ciudad de Panamá. En 1953 asumieron la parroquia María Auxiliadora de Pueblo Nuevo y, décadas más tarde, trasladaron su centro pastoral a la parroquia San Antonio de Padua, en Miraflores, desde donde continúan desarrollando actividades religiosas, comunitarias y de formación cristiana.
Con el paso de los años, la presencia franciscana se consolidó mediante la creación y administración de parroquias, centros educativos y obras de apoyo social.
A lo largo de estas siete décadas, la misión franciscana se fortaleció con la llegada de religiosos provenientes de distintos países, incluidos algunos que habían sido expulsados de China y otras regiones afectadas por conflictos políticos. Su experiencia enriqueció el trabajo pastoral y permitió ampliar la presencia de la orden en diversas provincias del país.
La expansión también alcanzó a Coclé, donde los franciscanos asumieron la parroquia Nuestra Señora de La Candelaria, en La Pintada, y promovieron la llegada de las Hermanas Clarisas, fortaleciendo así la espiritualidad franciscana en la región.

Hoy, 75 años después de aquella llegada, los franciscanos mantienen viva su misión en Panamá a través de parroquias, colegios, casas de retiro y obras pastorales.
Su legado trasciende los templos y se refleja en comunidades acompañadas, jóvenes formados y generaciones enteras que han encontrado en el mensaje de San Francisco de Asís un camino de servicio, fraternidad y esperanza.
