Jóvenes indígenas enfrentan soledad, discriminación, costos elevados y brechas académicas en la ciudad, mientras persiguen un futuro distinto para ellos y sus familias.
Por Marianne Colmenárez
La migración indígena hacia la ciudad de Panamá no es solo un desplazamiento geográfico, es una apuesta familiar cargada de sacrificio, esperanza y responsabilidad compartida.
Para muchos jóvenes guna, salir de sus comunidades significa convertirse en el rostro visible de un sueño colectivo: mejorar las condiciones de vida de quienes permanecen en la comarca.
Siendo aún adolescentes, llegan a la ciudad para continuar sus estudios, culminar la secundaria o ingresar a la universidad; otros también lo hacen para trabajar, ante la falta de oportunidades.
El sacerdote misionero claretiano, Julio Arváez, acompaña, desde la Pastoral Indígena, a comunidades asentadas en Cerro Patacón, Vacamonte y Veracruz. Para él, detrás de cada decisión hay una familia que se reorganiza y se sacrifica para sostener ese proceso.
“Es un sacrificio de todos, el dinero no alcanza y las oportunidades están acá. Muchos dejan hijos o hermanos menores pensando en el porvenir. En contextos donde los ingresos son limitados y muchas veces inestables, invertir en la educación de uno de sus miembros se convierte en una esperanza concreta de futuro”, afirma.
Sin embargo, el camino en la ciudad está lleno de desafíos. A las dificultades económicas se suman las barreras culturales y sociales.
“La ciudad no les trata amigablemente, hay desprecio, racismo y minusvaloración. Eso afecta la autoestima, especialmente cuando llegan siendo adolescentes”, señala el padre Arváez.
Agrega que la adaptación implica aprender nuevas dinámicas, enfrentar largas distancias y responder a exigencias académicas para las que muchas veces no han sido preparados.
Sargui Arcadio Smith Torres, de 22 años, dejó la isla de Ustupu con un objetivo claro. “Vine para seguir estudiando, allá hay muy pocas carreras universitarias y no eran las que me gustaban”, expresa.
Hoy cursa el cuarto año de la licenciatura en Educación Física en la Universidad de Panamá, sostenido, en gran parte, por el esfuerzo de su familia. “Mi papá me ayuda, él es profesor de inglés. El sacrificio que hace es la mayor deuda que tengo con él”, manifiesta.
Reconoce que la distancia le sigue afectando emocionalmente. “Algunas veces me siento solo, no ver a mis padres duele, pero ese mismo esfuerzo que hacen me sigue impulsando para seguir adelante”, comparte.
La historia de Yoina Yanki refleja otra dimensión de esta migración. Su decisión de desplazarse a la ciudad está marcada por el deseo de servir.
“Quiero ayudar a mi comunidad, a los abuelos especialmente; allá necesitan atención y casi no hay enfermeras”, afirma.
“Decidí partir de casa porque no tenemos universidades, no tenemos buena conexión a internet, y a veces los profesores no llegan, se les dificulta por lo distante”, explica.
Su familia también ha hecho un esfuerzo importante para apoyarla. “Veo el sacrificio de mis padres para darme una mejor vida y eso me motiva”, comenta.

Entre hermanos de la fe
Para muchos jóvenes, la Pastoral Indígena se convierte en un punto de apoyo esencial en medio de la ciudad. Más allá de la fe, ofrece comunidad, identidad y acompañamiento.
“Cuando me invitaron a misa y a visitar el Santuario del Corazón de María, fue como regresar a mi casa. Ahora ya no me siento solo, tengo amistades, actividades en las que participo, un lugar donde ser yo”, afirma Sargui.
Para Yoina, su fe ha sido un sostén constante que le mantiene firme, de allí su motivación de participar en las actividades que organiza la pastoral.
“Mi abuela fue católica y esa fe la hemos heredado con mucha alegría, por eso participo activamente en todo lo que me invita la pastoral”, destaca.
