A través de alimentación, atención médica, acompañamiento espiritual y orientación integral, estas obras han impactado la vida de cientos de panameños gracias al apoyo solidario de la ciudadanía.
Karla Díaz
kdiaz@panoramacatolico.com
Lo que inició como una pequeña obra de misericordia se ha convertido en un verdadero refugio de esperanza para cientos de personas en situación de vulnerabilidad en Panamá. El Centro San Juan Pablo II celebró este 18 de mayo sus 10 años de servicio, mientras que el Albergue San Juan Pablo II cumplió seis años de labor ininterrumpida acompañando a personas en situación de calle, adultos mayores abandonados y hermanos golpeados por la vida.
Ambas obras, dirigidas por Ariel López, nacieron en momentos distintos, pero con un mismo propósito: devolver dignidad y esperanza a quienes muchas veces son invisibles para la sociedad. El Centro San Juan Pablo II, ubicado en Calidonia, abrió sus puertas el 18 de mayo de 2016, mientras que el albergue fue inaugurado exactamente el mismo día y hora, pero en 2020, en medio de la pandemia.
“El centro está orientado a la atención de personas en situación de calle, y el albergue fue creado para recibir a adultos mayores abandonados o sin hogar”, explicó López.

Una obra sostenida por la providencia
A una década de haber comenzado esta misión, Ariel López reconoce que el camino no ha sido sencillo. Sin embargo, asegura que la obra ha logrado mantenerse gracias a la providencia de Dios y a la solidaridad de muchas personas.
“Es una obra de Dios y, por ser obra de Dios, Él la sostiene”, expresó.
Con el paso de los años, la iniciativa ha crecido y ampliado su alcance. Actualmente cuentan con cuatro casas en funcionamiento, además de acciones pastorales y sociales en la cárcel de mujeres, el centro de menores y un comedor preventivo.
“A medida que han pasado los años, hemos abierto nuevas oportunidades y nuevas atenciones. Algunas casas tuvieron que cerrar, más por temas de espacio que por presupuesto, pero seguimos adelante”, añadió.
Más allá de brindar alimento o un techo temporal, el Centro y el Albergue San Juan Pablo II han apostado por una atención integral. Las personas beneficiadas participan diariamente en espacios de oración, acompañamiento psicológico, orientación y actividades recreativas. En el caso de los adultos mayores, también reciben atención médica y seguimiento constante en temas de salud.
“No se trata solamente de dar comida o tener a los abuelitos allí viendo pasar el día. Hay programas diarios de atención y orientación. Para nosotros la salud y la alimentación son fundamentales”, señaló López.
“Aquí Dios abraza al que el mundo rechaza”
Durante la celebración eucarística por el aniversario, el arzobispo de Panamá, monseñor José Domingo Ulloa, destacó que esta obra representa una presencia viva del Evangelio en medio de la ciudad.
“Este centro no es solamente una obra social ni únicamente un espacio de asistencia humana. Este centro es una presencia viva de Jesús en medio de nuestra ciudad”, expresó.
El arzobispo recordó que la Ascensión del Señor no significa la ausencia de Cristo, sino una nueva manera de permanecer junto a su pueblo, especialmente en el rostro de quienes sufren.
“Jesús se queda de manera muy especial en el pobre, en el herido por la vida, en el que ha sido olvidado por la sociedad”, afirmó.
Monseñor Ulloa subrayó que celebrar estos diez años no es únicamente recordar el pasado, sino reconocer una década de misericordia concreta.
“Hoy celebramos diez años de misericordia hecha abrazo. Diez años donde el Evangelio dejó de ser solo palabras para convertirse en pan compartido, en cama ofrecida, en lágrimas escuchadas, en heridas curadas y en dignidad restaurada”, manifestó.
El arzobispo también hizo un fuerte llamado a no acostumbrarse a la indiferencia frente al sufrimiento humano.
“A veces nos hemos acostumbrado tanto a ver personas durmiendo en las calles que ya ni siquiera nos conmueve. Y eso es peligroso, porque cuando el dolor del otro deja de tocarnos, el corazón empieza a endurecerse”, advirtió.
Asimismo, recordó que el servicio a los pobres no puede verse únicamente como filantropía, sino como un encuentro real con Cristo.
“Servir a los pobres no es filantropía; es encontrarse con Cristo mismo”, expresó.

La confianza de la gente sostiene la misión
La obra se mantiene gracias a campañas de promoción y, sobre todo, a las donaciones constantes de personas y empresas que aportan alimentos, medicamentos, artículos de aseo y recursos económicos.
“La gente cree y confía en la obra y en cómo se administran los recursos. Nuestras redes sociales también han servido para visibilizar muchas realidades y denunciar situaciones que necesitan atención”, indicó López.
Mientras continúan creciendo, el llamado sigue siendo el mismo: sumar manos solidarias para seguir acompañando a quienes más lo necesitan.
“Agradecemos primero a Dios y a todas las personas que sostienen esta obra. Seguimos invitando a empresas, benefactores y voluntarios a apoyarnos y también a visitarnos para compartir con quienes atendemos. Son seres humanos que, muchas veces, nadie quiere recibir, pero aquí siempre tendrán las puertas abiertas”, concluyó.
Al finalizar su homilía, monseñor Ulloa pidió que el Centro San Juan Pablo II nunca pierda su esencia.
“Que nunca se convierta simplemente en una estructura. Que siempre conserve la ternura, la cercanía y la capacidad de mirar a cada persona con los ojos de Cristo”, concluyó.
