Familia

Mis hijos no quiere ir a Misa

En una familia cristiana, es natural que haya –tiene que haber– prácticas de piedad propias de la familia en cuanto tal. Es decir, que van más allá de la oración individual e íntima de cada uno. Es lo que rezamos no sólo reunidos, sino en unidad.

“La familia que reza unida, permanece unida”, sentenció con gran sabiduría el Papa Pablo VI. Dentro de la vida cristiana en común de la familia, debe ocupar un lugar predilecto la Misa dominical. Sería por esto muy conveniente que los miembros de una familia asistan a Misa juntos. No siempre se podrá, pero habría que tender a eso.

Conflicto

Pero, ¿y cuándo alguno no quiera celebrar este acontecimiento en familia? ¿Cuándo su alma no aprecie el valor de este Sacramento?

Es imposible ser cristiano sin la Eucaristía. Jesús fue terminante: “quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54), hay en él una vida divina que le identifica con Cristo y le garantiza la vida del cielo; quien no participa de la Eucaristía no tiene acceso a Cristo ni a la vida divina.

Por eso, en la cuestión de la asistencia a Misa es mucho lo que está en juego: perdida la Eucaristía, perdida la identidad católica, perdida la unión con Dios. Es una pendiente cuesta abajo: piedad cada vez más floja tendiendo a desaparecer.

Y en un mundo secularizado y materialista, la Misa dominical preserva al cristiano del riesgo y proceso de secularización. Riesgo total de perder la vida eterna: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Una persona que va a Misa los domingos podrá portarse mal en algún momento, pero nunca se va a alejar de Dios demasiado y, sobre todo, siempre va a “tener a mano” la vuelta y el remedio de sus posibles torpezas.

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