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Babilonia-Jerusalén: Camino de la resurreción

La historia de Israel demuestra que Dios no se olvida nunca de su Pueblo. Mientras Yahvé había elegido a Moisés, un descendiente de Abraham, para encabezar el primer éxodo, se sirvió de Ciro, rey de los persas, un conquistador pagano, para hacer posible el segundo éxodo, es decir la vuelta a Jerusalén. Así vemos que Dios elige a quien quiere y puede valerse incluso de personas que le desafían o sencillamente lo desconocen. Cristo dirá: “El que no está contra nosotros, está por nosotros”, palabras que prohíben que el cristiano y su comunidad se encierren dentro de sí.

La llegada a la Ciudad Santa resultó decepcionante. Hubo mucha desilusión ante las ruinas y la hostilidad de “la gente del país”, es decir, los israelitas que no habían sido deportados, los nuevos habitantes llegados durante su ausencia y los samaritanos. Estos últimos ofrecieron su ayuda para la reconstrucción del Templo, pero era una maniobra con el fin de extender su dominio sobre él. Por ser considerados como traidores e impuros, su colaboración fue rechazada, todo quedó estancado.

Alrededor del año 522 llegó otro grupo más numeroso de repatriados, conducidos por el sumo sacerdote Josué y otro principe de David, Zorobabel. Ambos se dedicaron con empeño a la re-edificación del Templo, pero nuevamente los hermosos sueños se acabaron.

Unos setenta años después llegaron a Jerusalén dos personajes influyentes de Babilonia, llamados por Dios y autorizados por el rey persa: Nehemías, un laico organizador político, levantó los muros de Jerusalén. Esdras, un sacerdote, que entre 458 y 398 promulgó como constitución de Judea la Ley del Pentateuco. Israel se convertía así en una comunidad administrada por el sumo sacerdote, régimen que duró hasta el año 167.

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