Opinión Clero

Prevenir epidemias en los corazones

Lo que vale para la salud física también se puede aplicar para la salud espiritual, para lo que se refiere a la bondad o maldad de las personas.

P. Fernando Pascual/Catholic.net

Una epidemia, sobre todo si se trata de una enfermedad desconocida, exige tomar medidas para disminuir los contagios, para atender debidamente a los enfermos, y para paliar los daños en la población.

Lo que vale para la salud física también se puede aplicar para la salud espiritual, para lo que se refiere a la bondad o maldad de las personas.

Porque, por desgracia, no solo hay epidemias para el cuerpo. Existen pecados que son altamente infecciosos, que se contagian con una rapidez inusual entre los corazones.

Así son muchos pecados que llevan a imitar comportamientos contrarios a las virtudes, especialmente cuando se difunden mentiras que generan odios y que provocan, a corto o largo plazo, desprecio, marginación e, incluso, violencia.

Frente al riesgo de epidemias espirituales, podemos emprender medidas parecidas a las que se toman frente a las epidemias corporales, sin incurrir en excesos que provocan más daños que beneficios.

En primer lugar, hay que evitar contagios. Pensemos en la epidemia de los chismes, maledicencias, incluso calumnias, una epidemia tantas veces denunciada más por los santos.

Existen pecados que son altamente infecciosos, que se contagian con una rapidez inusual.

El calumniador se convierte con facilidad en una especie de “contagiador”: con su lengua difunde el mal entre los que están cerca o lejos (la tecnología difunde las calumnias a todo el planeta), y muchas veces contagia a quienes empiezan a repetir mentiras que provocan odios, rencores, deseos de venganza.

Hay otros pecados altamente contagiosos, como los que surgen desde el escándalo, los malos ejemplos, la difusión de cierta altanería que lleva a vivir como si Dios no existiese y como si la ética fuese solo para los cobardes.

En segundo lugar, hay que atender a los enfermos. Aunque puedan ser contagiosos, merecen ayuda, comprensión, paciencia. Quien tiene un vicio puede ser curado si encuentra a su alrededor personas buenas que testimonien y acerquen a la experiencia curadora de la misericordia de Dios.

En tercer lugar, hay que paliar daños. Todo pecado implica un daño social y un daño en la misma creación. Por eso, las epidemias de los corazones han de ser combatidas con hombres y mujeres dispuestos a vivir el famoso consejo de san Pablo: vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21).
El mundo sufre por enfermedades en el cuerpo y en los corazones. Miles de médicos, enfermeros y otras personas luchan para vencer aquellas epidemias que causan tanto daño en la gente.

También miles de sacerdotes, religiosos, laicos, se convierten en agentes de bien que atienden tantos males en los corazones. De este modo, promueven esa salud de las almas que permite abrirse a Dios, recibir su misericordia, y crecer cada día en el amor hacia Él y hacia los hermanos.

 

 

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