editorial

Respeto y prudencia, pero no temor

El mundo entero –en cuanto a la toma de decisiones que definan futuro– sigue con renuencia colgado de una sola variable: el Covid-19.

Los sistemas de producción, el comercio global, el arte, las relaciones humanas y familiares, el duelo o el consumo…: todas son realidades condicionadas a la mutación del escurridizo virus, y la capacidad que tenga para permear las comunidades y los mercados antes que se logre una vacuna.

No hay manera que las obras e instituciones de la Iglesia Católica escapen al influjo del microscópico enemigo. Desde el inicio se sabía que tarde o temprano, a pesar de los múltiples cuidados, ese mal iba a tocar a la puerta. La diferencia entre la reacción eclesial y la secular está en el tono de la respuesta que se da: sin desafiar los consejos médicos los discípulos de Cristo –por vocación y formación– son incapaces de quedarse encerrados mientras afuera los sujetos de su acción sucumben por marginación y vulnerabilidad.

A lo largo de su historia, la Iglesia ha transitado el camino entre el miedo y la esperanza y en esta ocasión no será diferente. Es comprensible que, con frecuencia, más en un ambiente cultural de miedo, ansiedad y auto-protección como el que se vive hoy, la turbación se disfrace de sensatez y sabiduría para justificar que uno se quede bajo llave.

Sin embargo, aun cuando entiende que debe cumplir con los cuidados que exige una emergencia sanitaria como la actual –y así se hará– la Iglesia nunca negará tender su mano a quien lo necesite, aunque se corra el riesgo de contagio. Se dice que en una situación extraordinaria no hay respuestas correctas definitivas, pero la Misericordia y la Esperanza.

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