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Si juzgas no tendrás tiempo para amar

Se oye demasiado seguido: “las personas son malas”, “la gente te traiciona”, “no confíes en nadie”, “mejor estar solo”… ¿Qué es ese temeroso modo de vivir?

Ese estilo recluido y atemorizado, que nada tiene que ver con la cristiana alegría y la belleza de salir al encuentro del hermano.

Si nos convencemos de que los hombres somos malos entonces estaremos constantemente en una posición de jueces atendiendo siempre las faltas de quienes nos rodean y protegiéndonos de potenciales daños que podamos recibir de ellos.

Las personas son buenas porque las ha creado un Dios que es bondad, y porque además las ha creado a Su Imagen, que es Bondad. ¿Acaso podría un Creador bueno crear criaturas que no lo sean? No, no podría ser.

Claro que la vida y las decisiones de cada uno —pues también hemos sido creados con libertad— van conduciéndonos por diferentes caminos, algunos de maldad; pero esto no cambia el hecho de que juez existe solo Uno y que no somos nosotros.

Partir de la premisa de que las personas son buenas es conveniente para todos, y lo es sobre todo para uno mismo, ya que entonces tu corazón alcanza la paz.

El corazón de quien busca constantemente efectuar juicios y ser capaz de determinar con el propio criterio quién es más o menos digno por su conducta, está condenado a vivir pendiente de los demás.

Debemos dejar de convertir por medio de crudos juicios a las personas en objetos sentenciables, decidiendo que tal persona es mala por su aspecto, o que porque cometió un error particular ella es un error, su vida es un error, o el error es su hábito.

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