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Soberanía: no es un caso cerrado

Aunque han quedado atrás el incidente de la Tajada de la Sandía, el Movimiento Inquilinario, la gesta del 9 de enero de 1964 y la invasión militar de 1989, nuestro pueblo ha conocido muchas veces las intervenciones extranjeras, todavía nos queda el ejercicio pleno de la autodeterminación, respecto de las potencias extranjeras que pretenden alinearnos con una u otra posición geopolítica.

La bandera que ahora nos debe convocar es la de forjar una nación libre de pobreza y de inaceptables desigualdades sociales. Una soberanía social que signifique que la juventud panameña tenga una educación de calidad, empleo y salario dignos, y que a la niñez desnutrida y desamparada no le falte su alimento y el afecto humano. 

Una soberanía social que contribuya a lograr una inserción plena en la educación, la comunidad y el empleo, a las personas excluidas; que asegure una vivienda y servicios públicos esenciales a quienes viven en el campo y la ciudad marginal. Una soberanía que garantice la seguridad ciudadana y la vida de cada persona, de modo que las familias no tengan que amurallarse en sus residencias para dar paso libre al crimen, al narcotráfico y al delito. Que ningún niño o joven sienta la necesidad de adherirse a una banda o pandilla para encontrar un medio de sobrevivir y tener sentido de pertenencia. Una sociedad en donde prevalezca la práctica de los valores de la solidaridad, la honestidad, el estudio, la perseverancia, el trabajo, el compromiso social, el amor y la amistad, sobre los antivalores del “juega vivo” la impunidad, la violencia, el individualismo y el dinero fácil.

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