La voz del pastor

TANTO AMO DIOS AL MUNDO

Uno de los mensajes profundos del Evangelio, está en las palabras que Jesús nos regala en el diálogo con Nicodemo, cuando le expresa: “tanto amo Dios al mundo que le entregó a su único Hijo” (Jn 3,16). Palabras que contienen la identidad misma del Padre, que ha querido revelarse en el Hijo, …“Dios es amor” como lo afirma el mismo evangelista.

El amor de Dios, es redentor, libera, da un pleno sentido a la vida misma, es un amor distinto al afecto meramente humano, hace de la vida don y sacrificio para aquellos que se ama; el amor que rompe todo esquema humano. Tal como lo expresa el apóstol San Pablo: “es paciente, servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece… no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido… todo lo excusa, todo lo cree, todo espera, todo lo soporta” (Cf Cor 13,4-7).

Dios ha querido revelarse a su pueblo como un Dios cercano, que ha hecho una alianza semejante al pacto que hacen los esposos cuando contraen matrimonio, el contenido de este contrato será el amor profundo de entrega mutua que hace posible la relación nupcial. Al llegar la plenitud de los tiempos envió a su Hijo único para mostrarnos una nueva revelación de Dios, un Padre misericordioso, lleno de ternura, que se alegra inmensamente cuando ve regresar al hijo que había perdido.

Todas las expresiones de Jesucristo, en palabras, gestos o signos manifestaban un poder sobrenatural, divino, que envolvía a los seres humanos de una alegría desbordante y una paz que llega a lo más profundo de la existencia. Y así lo expresaba San Pablo quien vivió la experiencia de haber sido tocado con esa misma misericordia divina. Un amor que trasciende, que no conoce de límites, que no es exclusivo, que se entrega sin media. Pero es un amor que si tiene privilegiados, los favoritos del Padre, los pequeños, los que más sufren y los que más necesitan de este amor misericordioso.

Toda la cercanía que tenemos ante el gran misterio de Dios, ha sido revelado a través del Hijo quien hecho hombre participó de toda la experiencia y toda la naturaleza del ser humano, pero enseñándonos que el pecado es contrario a la misma naturaleza de quien ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Nos mostró que el camino para alcanzar un pleno conocimiento de Dios está en el amor, en una nueva manera de amar como el Hijo amado del Padre nos ha amado, condición fundamental para reconocer al verdadero discípulo.

Acabamos de celebrar la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas de la vida, al núcleo de los afectos, en una palabra, al centro de la persona. Nos centramos precisamente en la reflexión revelada: la pureza de su corazón, un amor nuevo que brota del Corazón del Hijo, un amor limpio, puro, que dignifica, da vida, inspira, da fuerzas para luchar y nos motiva para transformar la vida a imagen de su bondad y amor.

Y es que el corazón representa de una manera significativa el interior de la persona, el núcleo de aquellos sentimientos que mueven toda la conducta o la manera cómo tratamos y nos relacionamos con los demás; está muy relacionado con el amar de cada persona y con las motivaciones de sus actos. Comúnmente entendemos una persona buena, generosa, como una persona de buen corazón, o lo contrario, quien actúa mal la identificamos de corazón duro; es una manera de expresar el misterio de la interioridad en la persona.

La vida de Jesús hasta su Muerte y Resurrección, fue la revelación del misterio más grande que el Padre nos ha regalado: “tanto amo Dios al mundo, que le entrego a su único Hijo…”. Todo aquello que dijo, expreso, la totalidad del misterio de su persona nos fue manifestando la grandeza del Corazón Sagrado de Jesús, que al celebrarlo y contemplar la enseñanza que nos deja, nos invita a llenarnos del amor divino que nos da la presencia del Espíritu de Dios recibida a través del bautismo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, muchos hombres y mujeres que alcanzaron una vida en santidad, consagrada plenamente al servicio del Reino de Dios, se ha expresado precisamente por el testimonio que ha dado el amor de Dios en la vida de ellos y que se ha expresado en una vida entregada totalmente a los pobres, a niños y ancianos abandonados.

Hombres y mujeres dedicados a aliviar las angustias a través de la escucha, los consejos, la predicación; en una vida misionera. Que el amor que expresa sensibilidad, solidaridad, sacrificio y entrega hasta el punto de dar la vida, como muchos mártires lo hicieron por el amor a Dios y a la comunidad, es manifestación de la acción de Dios presente en quienes imitan el sentimiento profundo revelado en Sagrado Corazón de Jesús.

Como verdadero discípulos del Hijo, nuestra predicación ha de traducirse desde el lenguaje del amor misericordioso, y la santidad ha de ser interpretada en que amamos de modo en que Él nos ha amado. Toda la obra que el Padre nos confía será posible cuando nuestra vida se transforma en una manifestación del amor del Corazón de Jesús.

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