editorial

Un año que termina

Los católicos cierran su ciclo litúrgico el domingo 23 de noviembre venidero, una semana después comienza un nuevo año, con el primero domingo de adviento.

La mayoría coincide en que el 2020 no ha sido un año fácil. Pandemia, huracanes, inestabilidad política mundial, guerras, triunfo aparente de la contracultura, violencia racista… Esta lista puede tornarse interminable, dependiendo del cristal y la nacionalidad del cristal con que se mira.

Sin embargo, la Iglesia, Madre y Maestra nos llama al agradecimiento por la vida. Todo lo ocurrido, y lo que está por ocurrir, no es necesariamente una razón para quejarse. Debe ser, por el contrario, motivo de nuestra acción de gracias porque cada una de estas situaciones nos da la oportunidad de centrar lo que es real y más importante, y desechar lo secundario y circunstancial.

En este año que termina, los cristianos estamos llamados a reafirmar nuestra alegría de vivir incluso en las condiciones de pandemia e incertidumbre. Todo es un regalo, todo es don, y mientras sepamos responder en actitud de agradecimiento a Dios, encontraremos la certeza de que lo mejor está por venir.

Los cristianos estamos llamados a orar, a cantar y a llevar juntos las cosas buenas y también las dificultades. Haber aprendido esto debe ser la gran ganancia de este año. En nuestro examen de conciencia que sea esa la búsqueda, y ojalá los hallazgos sean halagadores.

Estamos por terminar un ciclo, pero enseguida se abre la puerta para otro inicio, una nueva primicia que nos regala Dios para que le dejemos acercarse. Adviento, Navidad, Epifanía, una sola pieza que debemos vivir como lo que es, un todo, una oportunidad de oro para la limpieza del alma y la reestructuración de los engranajes que mueven la vida.

¡Ánimo!

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