Espiritualidad

Un profeta rechazado

Jesús no fue acogido con simpatía en la aldea en la que se había criado. Las personas con las que había convivido no estaban dispuestas a recibirlo como un profeta.

P. JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS

El texto revela la atención que le merece a Dios la suerte de su pueblo. Dios no quiere que las gentes se pierdan. Enviar a un profeta significa que Dios quiere orientar a sus hijos para que alcancen la verdadera felicidad.

Si no tenemos un corazón endurecido, agradeceremos a Dios que nos ofrezca su palabra y nos guíe. “Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia” (Sal 122).

Por otra parte, la experiencia de las muchas dificultades y de las graves persecuciones que ha sufrido enseña a san Pablo a descubrir que en sus debilidades se muestra siempre la fuerza de Cristo (2 Cor 12,7-10). 

Tres frases para una situación

En el evangelio que hoy se proclama (Mc 6,1-6), se recuerda que Jesús no fue acogido con simpatía en la aldea en la que se había criado. Las personas con las que había convivido no estaban dispuestas a recibirlo como un profeta. Hay tres frases que resumen la situación. 

  • “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?” Estas palabras recogen la extrañeza de las gentes de Nazaret. Todos parecen satisfechos de lo que saben. No están dispuestos a admitir otra sabiduría que pueda incomodarlos. Y, sobre todo, no quieren reconocer como sabio al que han conocido siempre como un artesano.
  • “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Este proverbio tiene un sabor popular. Seguramente era un refrán antiguo que reflejaba la resistencia de las gentes a ser interpeladas por uno de su propio ambiente. Jesús lo hace suyo. Parece que no le resulta extraño que las gentes de su aldea no lo reconozcan como profeta. 
  • “No pudo hacer allí ningún milagro”. Esta constatación se debe al redactor evangélico. Nos llama la atención que Jesús no pudiera hacer milagros en su pueblo. Evidentemente, no son los milagros los que producen la fe. Es la fe la que hace posible el milagro. Y las gentes de Nazaret no se fiaban de Jesús. No creían en él.

 

Del desaliento a la esperanza

En el texto evangélico se añaden otras dos observaciones importantes que deberíamos tener en cuenta al examinar nuestra propia misión de creyentes:

  • “Se extrañó de su falta de fe”. La fe es una actitud humana y humanizadora. Todos necesitamos creer en alguien y ser creídos por los demás. El diálogo se rompe y la convivencia se hace imposible cuando una persona no puede creer en sus vecinos. La evangelización no es posible cuando se ha roto el lazo de la fe y la confianza mutua.
  • “Recorría los pueblos del contorno enseñando. El evangelizador no debe abandonar la misión, a pesar del primer fracaso. No le está permitido caer en el desaliento. Cuando una puerta se cierra, se abren otras muchas. La fe en el mensaje sostiene la esperanza del mensajero y, motivada por el amor, la esperanza suscita su creatividad.

– Señor Jesús, sabemos que nuestros prejuicios nos llevan a cerrarnos en nosotros mismos y a rechazar la voz de los profetas. Que la humildad nos ayude a aceptar la buena noticia de la salvación. Y a tratar de transmitirla con serena generosidad.

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