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El Catequista: servidor del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es quien empuja al catequista a desempeñar la tarea de acompañar a sus hermanos en el crecimiento de la fe, comunicando fielmente el mensaje de salvación, en un proceso permanente de discipulado.

El catequista es llamado a participar en la misión de la Iglesia, recibida del mismo Jesús a través de los apóstoles, de hacer discípulos y conducirlos a una relación filial con el Padre. Pero el verdadero protagonista de esta misión es el Espíritu Santo, que mediante la profunda unión del catequista con Jesucristo, hace que el esfuerzo humano sea efectivo.

Esta unión con Jesucristo convierte al catequista en un servidor de la acción del Espíritu Santo.  Así, es testigo de la fe al experimentar el Evangelio en su propia vida, dando testimonio de su conversión y siendo un signo para los demás.  Asimismo, es maestro y mistagogo, pues introduce al misterio de Dios, comunicando la verdad sobre el misterio de la salvación y los sacramentos.

Pero, más que enseñar oraciones y doctrinas como lo haría un docente escolar, el catequista es experto en el arte del acompañamiento; sabe escuchar y se hace compañero de viaje de quien desea seguir a Jesucristo, demuestra gran paciencia y aplica el sentido de gradualidad, siendo dócil a la acción del Espíritu, pues sabe que se trata de un proceso.  

Luces. El Espíritu Santo empuja al catequista a llevar el mensaje de salvación al mundo entero.
El Espíritu Santo es la fuerza dinamizadora que nos empuja en múltiples direcciones en nuestra misión de evangelizar, es el viento fuerte que sopla donde quiere y nos hace entrar en contacto y en diálogo con todas las culturas, disipando toda ceguera y despertando el amor hacia Dios.

De esta forma, ayuda a los hermanos a madurar en la vida cristiana. Es también un experto en humanidad, se hace uno con las alegrías y las esperanzas, las tristezas y angustias de los interlocutores, y sabe relacionarlas con el Evangelio de Jesús.

El catequista, pues, necesita estar conectado con el Espíritu Santo; es él quien conduce hacia Jesús y Jesús quien conduce hacia el Padre.

De aquí surge la necesidad de coherencia y autenticidad de vida en el catequista, manifestada a través de la oración y la fidelidad a la acción del Espíritu Santo. Cuanto más verdadera e intensa sea su vida espiritual, tanto más evidente será su testimonio y más eficaz su actividad catequética.

 

 

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