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La vacuna del buen humor produce santos

Sobre las huellas de Cristo, también varios santos se vacunaron con una dosis de buen humor. Para lograr la jovialidad existen tres dosis importantes: fe, esperanza y caridad.

Celso Julio da Silva, LC

Basta alargar la mirada del corazón para darse cuenta de que lo que más necesita nuestro mundo es un poco de buen humor.

El virus de la rigidez, que tanto denuncia el Papa Francisco, inocula a menudo un mal más grande: la corrupción. Ante esta realidad amenazante recordemos que sólo Cristo puede eliminar nuestras rigideces y curar nuestros males. Pero nos deja una receta muy eficaz: el buen humor.

Para lograr el buen humor existen tres dosis importantes: fe, esperanza y caridad. Si no, puede ser que caeremos en rigideces, a veces tontas, que no nos llevan a sitio alguno.

Cristo en los evangelios nunca se mostró rígido. ¡Exigente sí, rígido no! Además, era un maestro del buen humor, signo de lo que debe ser el camino de santidad.

Ante una muchedumbre hambrienta y un niño que se le presenta con cinco panes y dos peces, les dice a los apóstoles: “¡dadles vosotros de comer!”, (Cfr. Mt 14, 16). ¡Vaya, Señor, si aquellos no podían con su vida, ¿Cómo iban a dar de comer a miles?! O en aquella situación en que la gente le apretujaba y la hemorroisa le toca y se cura: ¿Quién me ha tocado? (Cfr Mc 5, 30) ¡Otra vez, todo mundo te apretuja y sales con esa de quién te ha tacado! ¡Menudo humor tenía Jesucristo!

Vale decir que ser santos es una gran faena, debemos hacernos cada día con el auxilio de la gracia.

Sobre las huellas de Cristo también varios santos se vacunaron con una dosis de buen humor. San Juan Crisóstomo, blanco de la euforia de la emperatriz Eudoxia, cierta vez, tras haber vencido unas riñas contra ella y los obispos de Egipto que lo querían condenar en el Sínodo de la Encina, exclamó en un sermón: “el Sínodo promovido por Eudoxia fue una Adoxia!”. Adoxia, además de significar en griego una desfachatez, era el nombre verdadero de la emperatriz -una “sin vergüenza”- que ella cambió por Eudoxia.

¡Allí estaba Crisóstomo con el buen humor jugando entre Eudoxia y Adoxia! O la respuesta simpática que San Juan Pablo II le dio a aquella monja un poco pesada que le decía insistentemente: “¡me preocupa su Santidad!” … A lo que el Papa respondió: “¡a mí también me preocupa mucho mi santidad!”.

Ante el ejemplo de Cristo y también de los santos y santas que siguieron sus pisadas podemos sostener que el Reino de los Cielos está lleno de gente simpática, juguetona, feliz, que manejan el arte del buen humor. El cielo está repleto de personas que tomaron en serio las palabras de Nuestro Señor: “si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”, (cfr. Mt 18, 3).

La vacuna del buen humor produce santos. Vale decir que ser santos es una gran faena, porque no es que lo somos, debemos hacernos cada día con el auxilio de la gracia. Pero especialmente en aquellas circunstancias adversas, de prueba, de cruz, de rechazo, de persecución, de incomprensión, de indiferencia.

Situaciones que se dan sea en familia, en comunidad, en la parroquia, en el colegio o en el trabajo. Es en estas circunstancias cuando se forjan los santos, los niños que con transparencia y sencillez son capaces de ver el mundo a través de los lentes del absurdo, como bien afirma Tadeusz Dajczer en su libro Meditaciones sobre la fe.

Siendo así, los contratiempos de esta vida, si llevados con rigidez, pueden convertirse en un infierno. Además, lo que es peor: es señal de que en lo profundo de nuestra rigidez hay una lastra, que ya no sería tal vez ni pecado, sino corrupción. Los rígidos siempre esconden algo y por eso no son capaces de reírse de lo absurdo de la vida en algunos momentos o de la gente a su alrededor.

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