Espiritualidad

PRESERVAR Y ENTREGAR LA VIDA

La opinión pública selecciona las situaciones de violencia a las que es políticamente correcto denunciar. Y la pregunta es: “de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras”.

P. José-Román Flecha Andrés

“El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí, ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba. No escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. Estas palabras se encuentran en el tercer canto del Siervo del Señor (Is 50,5-6). 

Hay que reconocer que son unos versos escandalosos. En primer lugar, reflejan la crueldad de los que se han ensañado con un hombre inocente. Y, además, reflejan la asombrosa paciencia con la que este ha recibido los golpes y los ultrajes. 

El Siervo del Señor puede representar a todo su pueblo. Pero la tradición judía vio en él la anticipación del Mesías. Muchos entendieron que él llegaría a salvar a su pueblo, pero no gracias a la imposición de la fuerza, sino mediante la aceptación del sufrimiento. 

En una sociedad que se distingue por su agresividad contra los que parecen diversos, la opinión pública selecciona con una enorme hipocresía las situaciones de violencia a las que es políticamente correcto denunciar. El texto de la carta de Santiago nos pregunta directamente “de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras, (Sant 2,14). 

PREGUNTAS Y RESPUESTA 

El evangelio de este domingo nos invita a seguir a Jesús hacia los amenos parajes de Cesarea de Filipo, (Mc 8,27-35). Mientras va de camino, Jesús dirige a sus discípulos dos preguntas fundamentales. 

  • “¿Quién dice la gente que soy yo?” No sabremos responder a esta pregunta si no dedicamos un tiempo a escuchar a las gentes con las que convivimos. En nuestro entorno, hay muchos que ni siquiera han oído hablar de Jesús. Pero nosotros estamos demasiado ocupados para detenernos a dialogar con ellos.
  • “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta segunda pregunta no se puede responder con los resultados de una encuesta. Es una interpelación muy personal. Todos tenemos que detenernos a preguntarnos, qué significa Jesús en nuestra propia vida, en este preciso momento. Él es siempre el mismo, pero nuestras situaciones son cambiantes.

Pedro respondió con una decidida confesión: “Tú eres el Mesías”. En nuestra sociedad, la presión social parece habernos reducido a la mudez. Sin embargo, ya sabemos que oculta su fe quien no la vive con sinceridad. El verdadero creyente no se avergüenza de ella. Confiesa creer y seguir a Jesús como su Maestro y Salvador. 

Todos tenemos que detenernos a preguntarnos, qué significa Jesús en nuestra propia vida.

LA CLAVE ES LA VIDA 

Es cierto que el seguimiento de Jesucristo no es fácil. Exige una pronta decisión y una fiel radicalidad. Con todo, no podemos olvidar que en seguir al Señor está la felicidad. Algo nos dice él con esta paradoja: 

  • “El que quiera salvar su vida la perderá”. La vida cristiana no puede identificarse con una espiritualidad superficial. La fe no es un intento por preservar la propia existencia de las preocupaciones y de las responsabilidades que corresponden a cada uno.
  • “El que pierda su vida por el Evangelio la salvará”. La vida cristiana tampoco puede identificarse con una búsqueda enfermiza del sufrimiento. No nos salvará el dolor por sí mismo. La seriedad de la fe se mide por la entrega de la vida por amor.

– Señor Jesús, sabemos que nuestra felicidad consiste en seguirte con decisión por el camino. Y ese camino nos exige negarnos a nosotros mismos y cargar con la cruz de cada día. Pero nuestra cruz nunca será tan pesada como la tuya. No permitas que nos apartemos de ti. Amén. 

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