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De camino al sacerdocio: un ingeniero, un filósofo y dos jóvenes de barrio

Uno se vinculó siendo aun menor de edad, y otro se hizo primero docente universitario, trabajo que realizó durante 20 años . El 5 de marzo de 2022, en la Catedral Basílica Santa María la Antigua, ellos y otros dos jóvenes promesas, le prometieron fidelidad a Dios y a su Iglesia.

Eduardo Soto P./Fotos OMAR MONTENEGRO

Eligieron al mayor de ellos (tiene 52 años), para que hablara en nombre del grupo, y dijo: «gracias a Dios, al señor arzobispo y a nuestros formadores. También gracias a nuestras familias, que nos han apoyado siempre. Queremos que sepan que sabemos que no estamos aquí porque creamos que somos especiales o iluminados. Sabemos que somos nada, y que no lo que hagamos se lo debemos a Dios. Él es el autor, el protagonista».

https://youtu.be/dfVIwQ9Plrw

Con esas palabras se definió todo, y marcó el inicio de una etapa de servicio como diáconos para Román Altamiranda, Adrian Alonso, Nelson Magallón y Hermes Sánchez. Son cuatro jóvenes que escucharon la voz de Dios que les llamaba a ser sus emisarios, y dijeron que sí.

Hermes lo hizo desde muy joven. A los 17 años ya había terminado la secundaria y entró al seminario enseguida. Román –aunque siempre sintió el «jalón» de Dios en su corazón– esperó. Por 20 años estuvo laborando en la Universidad Tecnológica de Panamá (su etapa final ahí la hizo como docente de ingeniería, siendo ingeniero electromecánico).

Los otros dos, Nelson y Adrián, estuvieron vinculados a la vida eclesial desde muy jóvenes, y a todos el llamado les llegó con la misma fuerza y claridad, y respondieron: «Aquí estoy, Señor, toma mi vida; sacerdote para siempre quiero ser.»

El primer paso: la diaconía

IMPOSICIÓN DE MANOS. Con este gesto y la palabras consecratorias, el Arzobispo transmite el Sacramento del Orden.

Como paso previo al sacerdocio ministerial, la Iglesia ordena que el aspirante reciba primero el orden de primer grado, es decir, el diaconado.

Le correspondió al Arzobispo, monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, imponer sus manos sobre estos hombres y decir la oración que los consagra como diáconos de la Iglesia Arquidiocesana.

Monseñor les dijo entre otras cosas: «Ustedes son ordenados diácono en la celebración de este año donde nos preparamos para el Sínodo, por lo que se nos invita a ser compañeros de camino, a estar a la escucha atenta de los demás. Y en un día muy especial donde celebramos que hace 39 años en esta misma Catedral estuvo con nosotros San Juan Pablo II, quien no se cansaba de decir, que la santidad es la alegría de hacer la voluntad de Dios y solamente si hacemos la voluntad de Dios seremos plenamente felices».

El Arzobispo les pidió encarecidamente que no descuiden su vida espiritual, «especialmente profundizando tu amistad con Jesús, el Buen Pastor, en la diaria y fervorosa oración».

Tres pilares de la vida diaconal

POSTRACIÓN. Una señal de humildad y entrega. Saben que no son nada especial, solo instrumentos para que Dios haga Su Obra.

Monseñor José Domingo explicó que el diácono está llamado a tres servicios, según lo explica el Concilio Vaticano II: La diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad. 

En cuanto a la diaconía de la Palabra, «ustedes serán heraldos de la Palabra de Dios, llamados a alimentarse día a día de la Escritura Sagrada, para ser portadores de ella. Ustedes serán consagrados para enseñar y servir al Pueblo de Dios con la predicación de la Palabra».  

También está la diaconía de la Liturgia que implica el servicio al altar. Monseñor explicó que según la milenaria tradición de la Iglesia, el diácono participa del sacramento del Orden para que, sin confusión ni suplantación mal entendida, colabore eficazmente con el Obispo y los sacerdotes en las celebraciones litúrgicas, principalmente, en la Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida eclesial.

«Desde la celebración eucarística, que es siempre una acción de Cristo y de la Iglesia, el diácono se proyectará al servicio de los hermanos, ofreciendo su vida al Señor en el altar y en la caridad con sus hermanos», dijo Monseñor Ulloa.

Finalmente detalló que el diácono es el «servidor por excelencia de la comunidad», ejerciendo con alegría y generosidad la caridad del mismo Cristo, Buen Pastor.

Obediencia. Juraron lealtad al Arzobispo, al actual y sus sucesores, y lo ponen por escrito en un documento legal.

Así, en la oración de la Ordenación el Arzobispo pidió al Padre Dios que derramara sobre ellos «en abundancia todas las virtudes, el amor sincero, la solicitud por los enfermos y los pobres, la pureza sin tacha, una vida siempre según el Espíritu». 

Casi al final de su homilía el día de la ordenación diaconal, el Arzobispo de Panamá animó a los cuatro aspirantes con estas palabras:

«Que cuando la gente nos vea pueda desde ahora decir de cada uno de nosotros lo que aquel abogado de Lyon decía de San Juan María Vianney, el santo cura de Cura de Ars, cuando después de visitarlo le preguntaron: “¿Qué has visto en Ars?” Y él respondió: “He visto a Dios en un hombre”

Román

Es el mayor de los cuatro nuevos diáconos. Román Altamiranda Tiene 52 años y es ingeniero electromecánico. Tiene pos grados y maestrías en plantas industriales, lo que le ayudó para hacerse docente en la Universidad Tecnológica de Panamá. Esta última responsabilidad la logró en la fase final de sus 20 años de trabajo en esa casa de estudios.  Luego Dios lo llevó de la mano al Seminario Mayor, para que fuese cura.

Román Altamiranda. Primero ingresó al programa de Diaconado Permanente, y ahora está a un paso de ser sacerdote.

Es hijo del corregimiento de Río Abajo, y el llamado lo recibió siendo feligrés en la famosa «Iglesia de Piedra» (San Juan Bautista de La Salle y Santa Mónica). Primero creyó que se le estaba llamando al diaconado permanente (sacramento del orden para hombres casados) pero al final entendió lo la voz decía: «Quiero que seas presbítero».

Para Román, siendo ingeniero y ahora clérigo, la ciencia riñe con la fe. Todo lo contrario, el camino científico lo llevó a entender que Dios está en todas partes, es fuente de todas las fuerzas, e inspira toda persona de buen corazón.

También entiende que Dios no lo llamó porque fuese «especial» o privilegiado, con grandes dotes y riquezas intelectuales. «Somos instrumento en las manos de un maestro; Él saca lo mejor de nosotros y hace genialidades».

Román considera que su afán por la ciencia, y su llamado a ser un ministro de la fe,  le dará la oportunidad de acercarse a quienes están lejos de Dios, distraídos por la potencia del saber.

Nelson

Nelson Magallón. Un prospecto de gran nivel para la filosofía, lo que le ha dado una herramienta poderosa para acercarse a Dios.

Cuando era estudiante le fascinaba la física. Hoy, Nelson Magallón se destaca como filósofo. Por su gran talento para esta disciplina del saber, el arzobispo lo invitó que tomara un grado en la Universidad de Valencia, donde el propio monseñor Ulloa revela que están fascinados con el joven panameño.

«Ahora entiendo que me gustaba la física porque es la filosofía de la naturaleza», dice Nelson, siempre profundo en sus reflexiones, que siempre lo llevan a un punto que es el núcleo de su actual pensamiento: «la sociedad del cansancio» (el concepto original es del surcoreano Byung-Chul Han).

Nelson ha navegado en esa idea y señala que si uno se sienta en centro comercial verá a todos corriendo, siempre apurados, siempre de prisa, y por eso están cansados. Lo mismo ocurre en casa, en la vida diaria, siempre andamos a toda velocidad y queremos todo rápido, dice Magallón. «Invito a los jóvenes que se detengan, porque al detenernos, enseguida nos toparemos con Dios», señala.

De niño iba a la Iglesia con su abuela en San Carlos, y ahí aprendió a valorar «las cosas sagradas», al mismo tiempo que se apasionaba por el béisbol (es un segunda base natural).

Es del pueblo de Las Uvas, donde sintió el llamado al sacerdocio. El párroco William Sánchez era su párroco y fue quien le guió en el camino para la Jornada Vocacional que lo llevó a renunciar a todo [una novia, inclusive].

Lo demás es historia.

Adrián

El mensaje de este joven chorrillero es viril y sostenido: «no todo en el barrio es malo». Adrián Alonso lo dice porque él encontró su vocación sacerdotal en una casa de acogida que manejan unas monjas vicentinas, el Hogar Monerri de las Hijas de la Caridad, en la calle 22 de El Chorrillo.

Adrián Alonso. Un joven del barrio mártir de El Chorrillo, quien de manera firme asegura que no todo en los barrios es malo.

Es un barrio marginal, mártir, arrasado por las llamas durante la invasión de Estados Unidos a Panamá en 1989, pero que desde antes era visto solo como fuente de malas noticias, porque en él ha anidado la violencia y algunos casos de pandillerismo.

«La mayoría en el barrio son gente buena, decente, trabajadora, madres y padres de familia que se preocupan por sus hijos e hijas… gente de Dios», dice Adrián con orgullo en la voz.

Espigado y señorial, el joven Alonso fue puesto en el punto de mira por la congregación de la misión (padres vicentinos), pero al final él sintió que su llamado era a quedarse en casa y servir a gente que, como él, necesita a alguien que le hable de Dios en el barrio donde viven.

«A los jóvenes les digo que no le teman al llamado. Que no crean que porque viven en un barrio difícil, rodeados de violencias y modelos inadecuados, Dios no está pensando en ustedes. Lo hace, y les está llamando a servir porque no todo en los barrios es malo», señaló.

Hermes

Este joven es chorrerano, de la parroquia de Guadalupe, en un hogar donde le sembraron hondo el valor de la fe y la dignidad de las personas.

Hermes Sánchez. Un joven con talento, carisma y docilidad a Dios que viene desde Panamá Oeste.

«Fue en mi casa, con mi familia, donde se preparó el terreno para la semilla que iba a lanzar el Señor», dice Hermes, un joven que en sus últimos año de formación para el sacerdocio se convirtió en referencia para toda actividad en el Seminario Mayor San José.

De sonrisa ancha (que la mascarilla no logra ocultar) Hermes asegura que la evangelización es para lo que el Señor lo está llamando, «llevar la Palabra y la promesa de Dios ahí donde sea necesario», indica.

Algo interesante fueron las pancartas con su nombre que llevaron algunos fieles a la Catedral. Y decían «bienvenido», «Dios cuide al diácono Hermes»… «Te queremos». Eran personas, muchos jóvenes, que como él venían de La Chorrera, una tierra de esperanza y de Dios.

 

 

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